Crónicas de la india María

Las suicidadas del quinto piso

lunes, 18 de diciembre de 2017 · 00:07

Suicidadas, no suicidas. Porque no son ellas las voluntariamente suicidas sino que –cuando no- un furibundo macho, por si fuera poco senador del Estado Plurittutti, hace pasar su machismo por arrebato moral antiaborto y las desea suicidadas. Autoras de su propio crimen, a pura macumba de aquel que las desea muertas sin ensuciarse las manos. Muertas de guante blanco (negro). Muertas así nomás, como quien enferma y se apaga, no. Muertas con saña. Arrojadas al vacío desde un quinto piso, el cuerpo deshecho. ¡Ay!, pobrecita, se mató solita. 


 En Bolivia una mujer es asesinada por violencia machista cada tres días. Más de 100 cada año.

¿Cómo te explico sin números? Porque los números no te cuentan cómo carajos Julia, la mujer que conozco, lleva en el cuello una enorme cicatriz y miles de marcas invisibles en el cuerpo  por las miles de veces que su marido la majó a palos, a fierrazos, a puñetazos, a patadas y a dos manos en el cuello, hasta que un día la arrojó al barranco. El quinto piso. Todo, delante de su hijo. Así como si nada, como quien da la clase práctica de lo que aquel niño, si la vida es tan cabrona como parece, un día repetirá. A juzgar por el vice gurú que nos gobierna, ese niño –pobre hombre- es ya un malparido.    
 Con la bandera de lucha contra el aborto, contra la soberanía de las mujeres sobre su propio cuerpo, sea cual fuere el motivo de un embarazo no deseado, Murillo hace dos cosas. Ostenta su profundo machismo y, peor aún, naturaliza la violencia hacia las mujeres. Ellas son esos sujetos prescindibles, aparatos reproductivos cuya capacidad de decisión si no es parir, es morir. Suicídense. Suicídenlas.


 No importa que una de cada dos mujeres (de 15 años o más) en Bolivia haya sido víctima de violencia sexual, según registra una encuesta del INE de 2016. La mujer de tu lado, tu madre, tu hermana, tu prima, tú, y yo, hemos sufrido violencia sexual alguna vez en la vida. Y nueve de cada 10 mujeres que sufre violencia por parte de sus parejas dice haber sufrido violencia en su niñez. Por supuesto, más de la mitad de los agresores –dice el estudio- andan por ahí, frescos como una lechuga. 


 Vea usted, señor Murillo, que la cosa comienza con la violencia sexual a las niñas, a quienes muchas veces no se les cree lo que cuentan, se las ignora. Se las suicida. Lea, por favor, lo que cuenta la periodista Zulema Alanes: “Michelle tuvo que guardar por más de una década la verdad atravesada en su garganta. A sus siete años, sus padres no sólo no le creyeron cuando les contó que su tío la había manoseado, sino que la obligaron a pedirle disculpas por ‘inventar’ tales ofensas. Tres años más tarde, trajeron al tío a vivir a su casa en Santa Cruz. Entonces la violencia se tornó extrema. Durante un año violó a Michelle y a sus dos hermanas, de siete y cuatro años”. (Violencia sexual contra niñas y adolescentes: la agenda pendiente de la (in)justicia, ANF)


 Hasta el año pasado, 246 embarazos adolescentes al día –al-dí-a- se registraron en el país, según datos del Fondo de Población de las Naciones Unidas. Si bien las razones son diversas, aunque ciertamente todas vinculadas a nuestra pobreza de fondo, muchos de esos casos fueron producto de la violencia sexual que en el país, señor senador, se encubre de distintas maneras. De ahí que le pedimos que se guarde el arrebato, pues esas niñas y todas las mujeres que así lo creamos  tenemos el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos. Sabremos bien por qué pues, si leyó usted más arriba, razones sobran. 


 Pero en verdad, no se trata de arrebato moralista ¿no ve? sino del profundo machismo de creer que si no están hechas para parir, las mujeres no merecen vivir. Y ese padre nuestro que a los padres de la patria se les escapa como si nada –ups, perdón-, no hace más que alentar la violencia que nos está matando como el pan de cada día, con las manos que ahorcan y con la boca por la que mueren millones de peces en este mediterráneo mar de machos que habitan el quinto piso. 
 
Cecilia Lanza Lobo es periodista.

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