Los rudos están de moda

lunes, 14 de agosto de 2017 · 12:00:00 a.m.
El cachascán ya no es lo que era, dice con pena un hombre de cara cuadrada y los ojos hundidos hasta el fondo de las cuencas de los huesos exageradamente marcados al modo de Frankenstein. Ahora que lo digo, este hombre se parece demasiado a Frankenstein. Mide dos metros veinte -a mucha honra-, en cada mano cabe tranquilamente una sandía y cada par de zapatos hechos a medida le cuesta un dineral. Su nombre es Wálter Tataque Quisbert y le llego al ombligo.
 
Mi visita a Frankenstein, experto y hoy empresario de la lucha libre, tiene la simple intención de ratificar una sospecha: que en la lucha libre actual ya no ganan los buenos sino los malos. Que los "técnicos”, buenitos, están de capa caída y los malditos "rudos” están de moda. Tataque Quisbert me mira largo un buen rato como haciéndose esa misma pregunta en la que francamente no había pensado. Y siendo el hombre callado que es, responde con el silencio.
 
Sábado 16 de julio. El teleférico Verde se llena de fiesta por el aniversario paceño. El sexto escenario simultáneo se roba el público y la multitud se apretuja encandilada por la presencia de la lucha libre de las cholitas cachascanistas. Un grupo de sureños jóvenes pitucos no sale del asombro, exultante grita y grita vivas a la mala del ring, Marta La alteña: ¡Marta, Marta, Marta! Uhhhhh… golpe va, vuelo viene, Marta ha destrozado sin piedad a su contrincante, una cholita en el rol de buena hasta la lástima. Marta es la indiscutible vencedora con la ayuda del árbitro bombero -de nada sirvió que dos gatos le gritaran ¡cochino!, ¡fuera!; de nada sirvió que El Picudo entrara al ring al rescate de la joven vapuleada cholita que terminó llorando de verdad en una esquina-. El público entero vivó a Marta y su frondosa pollera color verde lechuga. Autógrafos. Fotos. Flash, flash.
 
El muy arrabalero cachascán, tátaratátara nieto de la tragedia clásica, domina con maestría aquella estructura narrativa de intensa puja entre el bien y el mal que inicia con el drama del técnico víctima de las tretas del rudo, personaje desagradable y tramposo, y del árbitro corrupto. El público sufre ante la derrota del bueno que se levanta y vuelve a caer de manera intermitente regulando el drama. En la cresta de la ola, el rudo masacra, disfruta, se jacta y todo indica que no hay esperanza para el técnico, derrotado. De pronto éste resucita y luego de dar al rudo un merecido escarmiento, el triunfo del bueno es épico y jubiloso. El mal ha sido castigado. El público puede ir en paz.
 
Nada de esto sucede hoy en el ring de la lucha libre en el país. O más bien sucede pero al revés. Los roles están invertidos y, más aún, el técnico es débil y está solo. No intercede por él ni el árbitro ni el público que termina también derrotado si acaso apoya al bueno. Vence el corrupto. No hay espectáculo de técnicos voladores, piruetas ni llaves magistrales, y el drama es ver cómo la función ha quedado reducida al insulto y a la vulgar pelea callejera salpicada de basura como contribución del público, actor de reparto.
 
Si el cachascán es la puesta en escena de la vida cotidiana en blanco y negro, la versión actual es un maldito espejo. Política y sociedad han salido del ring cachascanista con patada voladora. Frankenstein es cauto y prefiere el silencio. 
 
Política  y  sociedad han salido del ring cachascanista con patada voladora. Frankenstein es cauto y prefiere el silencio.

Cecilia Lanza Lobo es periodista.
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