La Paz, Bolivia

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Cecilia Lanza Lobo

No matarás

No matarás
Ella tiene tantos golpes en el cuerpo como callo en la memoria. Como pan de cada día, ese desayuno cotidiano de padre golpeador y madre golpeada fue haciéndosele costra hasta que, naturalmente, le tocó a ella repetir la misma historia. El día de su boda el regalo fue una golpiza. Año tras año, la costra. Cansada de los golpes, aprendió a golpear. Así, mano a mano, la sangre. "Si me mata, él también que se muera”, dice como si nada. La última vez sucedió al borde de un barranco donde él la quiso lanzar. Y ella a él. La violencia ha quedado paspada en su cuerpo como segunda piel. ¿Y tú, golpeas a tu hija?, pregunto. –Piensa un poco y con pena en los ojos dice "ya no”. 
 
Hubo un tiempo en que decapitar fue el verbo que aprendimos por televisión aquellos días de guerra en Irak que me recordaron a mi abuela agarrando a las gallinas por el cuello –crack, la sopa-. Aún recuerdo la caricatura de Al Azar que cortó la cabeza a alguna Miss Bolivia -por puro bruta ella, dizqué-. Decapitar se naturalizó. 
 
Hubo un tiempo en que el verbo fue cogotear. Subirte al minibús y acabar con una soga al cuello botado en la basura. Hubo un tiempo en que de vez en cuando aparecían cuerpos mutilados en los ríos de El Alto pero como todavía no había sucedido la revuelta de octubre de 2003, a quién le importaban los muertos de El Alto. 
 
Hubo un tiempo en que linchar fue el verbo – Las tribus de la inquisición- y un alcalde apareció calcinado en un pueblo del altiplano ardiendo sus huesos a vista y paciencia de la leña vecinal que atizaba el fuego. Tres jóvenes por aquí, otro por allá, uno más allá, majados a golpes, quemados en la hoguera del empute por mano propia so pretexto de la justicia comunitaria. Amén. 
 
Por esos años, y de pronto, en este punto del mapa reinaba ya el internet. Y con él las malas nuevas multiplicadas en fosas comunes de cuerpos mutilados, en mujeres golpeadas, niños abusados y atentados terroristas en todito el pinche mundo, a la vista y a la mano. La violencia había sido la piel paspada del planeta.
 
Hubo un tiempo en que Evo llegó al gobierno y grupos culiblancos humillaron a indígenas y más tarde cocaleros mataron a un joven citadino de apellido Urresti. Unos contra otros, desde el inicio de los tiempos, en batalla por algo: territorio, alimento, recursos, ideología y poder. Treinta años atrás: el testamento bajo el brazo, porque si no piensas como yo, me da la gana y te mato. Así cabrona, matar tenía su razón. 
 
Y ¿matar por matar? También. Porque en cada patada, en cada golpe hay una razón. ¿Cuál? No sé, son muchas, seguro, acumuladas quizá en la piel paspada de la violencia cotidiana, esa que aprendió a atajar los golpes y a devolverlos: si me mata, él también que se muera. Y es eso lo que nos preguntamos hoy ante el asesinato de un joven universitario a golpes de otros jóvenes como él. No fue el Estado, no fue la mafia, la delincuencia, fueron jóvenes como él. 
 
¿No fue el Estado? No sé. Dudo porque hoy en el Parlamento nos agarramos a escupitajos de impotencia primero, luego por pura estupidez. Dudo porque violar a una funcionaria pública en oficinas del Estado se pasa por alto sin mayor pudor. Dudo porque el lenguaje de los funcionarios del Estado es profundamente racista, machista y violento. Dudo porque se instala la versión gemela de la Escuela imperialista de las Américas –aquella del testamento bajo el brazo- como Escuela Antiimperialista donde se instruyen hombres, allí y en Achacachi, ¡para la guerra! ¿Cuál guerra?, ¿entre quiénes?
 
He ahí la violencia institucionalizada. No son los descuartizados por el narco en México, no. Es peor. Es la violencia como lenguaje desde el Estado, la carta blanca. Más no el miedo en nosotros que seguiremos creyendo en el verbo amar.
 
Unos contra otros, desde el inicio de los tiempos, en batalla por algo: territorio, alimento, recursos, ideología y poder.
 
 
Cecilia Lanza es periodista.
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