Crónicas de la india María

El divorcio

lunes, 15 de enero de 2018 · 00:06

Hay tipos cargosos, de esos que llegado el divorcio se resisten a aceptar lo que consideran es una derrota. Porque lo suyo fue eso, una relación de poder en la que el macho no puede perder. La casa, los hijos, la mujer y el perro son suyos y él se va cuando le dé la gana. La casa es, claro, un campo de batalla cotidiano, cuyo escenario fue, la semana pasada, la plaza San Francisco, las calles y plazas de varias ciudades del país, y el estadio Hernando Siles, una enorme habitación conyugal.


 Bolivia se llama esa mujer que un día se enteró que un tal Evo decía ser su marido. No, no es la primera vez que un presidente se arrima a ella como a la Virgen María. Una suerte de estampita como garantía de amor sacrificado por la patria. Promesas, promesas, promesas. Los declaro marido y mujer. La banda presidencial le cruza el pecho, Álvaro, el padrino, la acomoda y sonríe. El novio derrama un par de lágrimas. Es su primera vez.


 Ella es el Estado y el Estado somos todos. No pidió marido alguno, sino un ciudadano capaz de administrar la cosa pública. ¡Qué cosa, ché! Si no es marido es padre. Porque todos aquellos inquilinos del Estado llegaron con el aire patriarcal como chaqueta, sintiéndose padres de la patria, tutores de aquella menor de edad. Pero a tono con los aires libertarios, esa fiera decidió no ser propiedad de gobernante alguno y, es más, por si acaso esté casada, hoy quiere el divorcio. 


 Hace rato ya que no sólo el contrato, sino la relación están quebrados, pero Evo insiste a pesar de las demostraciones cada vez más frecuentes, más intensas, más rabiosas, de que la cosa vaya. Pero la cosa no va. 


 Dicen que es por consejo de su padrino que, aún convencido de que los hombres son malos tipos (tan malos que “te van a exprimir, te van a botar y se van a buscar otra mujer, eso hacen los varones”) insiste en que el ahijado se quede, por las buenas o por las malas.


  Al fin y al cabo, no se trata de “convencer y conquistar” –dice él-, esas son cosas de la democracia; de lo que se trata es de “derrotar a tu adversario”. Y en este divorcio cada vez más escandaloso, el adversario es ella. 


 Con ese canto de chacal, Evo es ya un sordo del alma. Un NO, otro NO y miles de bocas gritándole NO, no son suficientes. No quiere oír. No se convence, “no está preparado para irse”, dice, cual huérfano que invoca lástima. ¡Boooomm!, estallan los cuetillos. No oye. ¡Booomm!, nubes de gases se meten a esas bocas gritonas, las callan, asfixian, los ojos rojos, el cuerpo magullado. Mira a un lado.

Mira al Dakar, ese circo necesario, consejo de su padrino. 


 No es No, compañero. Y no hay circo que valga. Cuántos NO más vas a soportar si del espacio público, esas calles todavía nuestras, trajinadas y valientes, donde la multitud grita lo que puede, el rechazo se metió en cuadratrack, como gotera indeseable, al espacio conyugal blindado donde ni se oye ni se ve. Desde adentro, sin embargo, sí. ¿Oíste? ¿Pudiste ver? Sabrás ahora que lo nuestro no va más.

Cecilia Lanza Lobo es periodista.

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