Crónicas de la india María

En el vientre de la ballena

En el vientre de la ballena
En el vientre de la ballena
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lunes, 12 de febrero de 2018 · 00:06

Nunca es tarde para las emociones y menos ésta. Acabo de ver el video oficial del concierto que dio esa hermosa mujer de nombre Luzmila, en la sala Ballena Azul del Centro Cultural Kirchner (CCK) el año pasado. ¿Qué tuvo de particular? Tuvo. Por eso aquí debiera decir la mujer pájaro y los bolitas en el vientre de la ballena azul. Porque así fue: ambos fueron protagonistas: ella, Luzmila Carpio, ellos, los bolitas argentinos. 


 Nadie que vea ese video aguantará una lágrima, para qué. Quien lo vea enmudecerá dos veces: al principio y al final. Y durante, sentirá esa sensación -atávica- de estar literalmente en el vientre de la madre -la ballena-, la madre naturaleza que habla, canta, en sonidos de aves y en la lengua de mi abuela, ay, mi abuela Célida, el quechua. 


 “Somos pueblos ancestrales que estamos viviendo hasta ahora, felizmente, porque no hemos perdido esa alegría de vivir”, se oye la voz hermosa, pausada, de esa mujer más hermosa aún, la piel morena, los pómulos marcados, la sonrisa serena, que camina elegante, cargando su instrumento musical.

Podría parecer una más, uno más de los asistentes que ingresa al teatro llevando un charango, pero no. Su belleza la delata. Así inicia el video, que intercala su voz testimonial con el concierto. Ella se sienta frente a la cámara documental y habla. Se levanta y canta. Canta, estira los brazos como alas de pájaro, y vuela. Ella, la mujer pájaro, es extraordinaria, lo sabemos. 


 Pero lo extraordinario, esta vez, fue lo sucedido antes de que Luzmila saliera al escenario. Qué habrá sentido ella al escuchar desde el fondo del camerino esa música familiar del lado de las butacas, esperándola. 


 ¿Cómo es posible que el público haya esperado a Luzmila con quenas, zampoñas y tarkhas, de pie, cantando y bailando y ondeando banderas bolivianas, y que ese público haya sido, en su mayoría, argentino? ¿Qué cuerdas toda esta raza nuestra, capaz de aquello en un país donde tantos bolivianos son maltratados y asesinados por ser indios, por ser cholos, por ser aymaras y quechuas como Luzmila? ¿Cómo es que ellos, los bolitas, a pesar del maltrato y la discriminación, se quedan, se asientan, tienen hijos, laburan sin parar, y encima bailan y cantan?


 Pocos días antes de esa fiesta, en la zona Lomas del Mirador de la provincia de Buenos Aires, el ciudadano boliviano Abraham Condori fue velado: sobre el ataúd, la bandera boliviana, la bandera argentina más abajo, flores, el retrato del difunto, y un sombrero de la Fraternidad Señorial de Morenos y Achachis Unión Taraco. Su vecino argentino lo mató, le prendió fuego harto de oír la música que el boliviano escuchaba a todo volumen en su taller de costura. 


 No, no hay mucho más que decir. Los argentinos de ojos claros, ponchos, lluchus y whiphalas, soplando zampoñas, amando a Luzmila, son esos románticos a los que en algún lado del cuerpo les duele la patria profunda -el interior-, y las quenas y los ayes que Luzmila trae de otros mundos les recuerdan ese ajayu perdido en el big-bang de la conquista; ellos  son minoría. 


 Capaz lo que les sorprenda y les haga soplar quenas y tarkhas para sentirse -quien sabe- por unos minutos bolitas, sea precisamente esa terquedad nuestra de ser nosotros mismos aquí y en el mismísimo infierno donde los bolivianos llegan, se instalan, y más tarde se organizan como Fraternidad Señorial de Morenos y Achachis Unión Taraco. Carajo.


 Lo dice Luzmila con la sutileza que cala más hondo que una daga: “Somos pueblos ancestrales que estamos viviendo hasta ahora, felizmente, porque no hemos perdido esa alegría de vivir”.

Cecilia Lanza Lobo es periodista.

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