Crónicas de la india María

Arcos y flechas: a él

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lunes, 12 de marzo de 2018 · 00:07

-¿Cómo estás? Saludé de paso a una honorable diputada, en un evento de esos que nos
reúnen a las mujeres para hablar de las mujeres. Su respuesta llevaba cara de afligida -de trabajo dificultoso, de andar chocando contra la pared- y mencionó el instrumento legal que fuere, sobre el que están las diputadas pataleando en el Parlamento respecto de las mujeres y ese elemental derecho a no ser acosadas, violadas, asesinadas. Pensé entonces en su gesto laborioso, cansado, y en la profunda inutilidad de aquellas normas que ocupan el sudor de las parlamentarias vanamente, hoy más que nunca. 


No sólo porque el sistema judicial en este país sufre de gangrena y apesta, sino porque de qué sirve el acuerdo social de la norma escrita en un país analfabeto del alma, si el discurso de las propias autoridades alienta a violar la norma en vez de respetarla. Lo hace con su ejemplo, con su palabra, con su chiste, que en los hechos equivale a la venia oficial que permite y naturaliza el abuso y la agresión a las mujeres.


Pensé entonces que lo que debían hacer aquellas diputadas, ya que van a perder un trozo de hígado cada día en el corrupto Parlamento nacional, que sea por una buena causa. Y que lo que debieran hacer es castigar con la misma fuerza al violador y al asesino, que al mismísimo Presidente del Estado, cuando este se manda aquellos chistes que no son sino una apología del delito disfrazado de gracia presidencial. Ja, ja, ja, ríen los hombres del Presidente, ja, ja, ja, ríe el auditorio, ja, ja, ja, ríen las mujeres de Su Excelencia.


La consecuencia de aquella gracia es una terrible paradoja: aquí no pasa nada y aquí pasa todo. No pasa nada porque el chistoso queda impune, arropado por su corte, tan responsable como él. El delito se naturaliza de tal manera que todos los días conocemos que alguna autoridad ha vejado a una mujer como lo hacen centenares de hombres en cada esquina. El delito se naturaliza de tal manera que todos respiran normalmente. Están afanados en costurar una kilométrica bandera azul, como si aquí no pasara nada.


¡Y pasa! Y pasó que el presidente del Estado, Evo Morales, invitó a un diputado a servirse del cuerpo de una Ministra para que esta “ayudara” a poblar El Alto. Ella rió -ja, ja, ja- y más tarde defendió al Presidente. Si esto no es apología del delito ¿qué es? 


Bolivia es el segundo país en Sudamérica (después de Brasil) con los mayores índices de violencia contra la mujer. Cada tres días muere una mujer en Bolivia porque algún hombre la mata por ser mujer. Porque la subestima, porque qué cosita será esa mujer, un trozo de asado con vestido, una muñeca desechable, una cosa, un agujero que el diputado que está ahí parado puede usar y hacer el favor a la patria y poblar El Alto. Ja, ja, ja.


En España el 8 de marzo, hace pocos días, sucedió otro hecho “natural”: la corriente del inmenso río de mujeres cabreadas por la discriminación, el abuso, la violencia de demasiadas mujeres en el mundo rebalsó, inundó ciudades, inundó la historia. Un diluvio así sólo puede emocionar hasta la lágrima porque sólo un maldito diluvio puede gritar más fuerte que cada solitaria mujer que sufre violencia y grita y nadie oye y muere y se hace estadística.


En Bolivia eso no sucede. ¡Y somos el subcampeón de la violencia hacia las mujeres en nuestro barrio sudaca! ¿Acaso no debiéramos ser miles, millones en las calles, más aún alentadas por el último inadmisible chiste presidencial? Claro que sí. Pero ¿cómo podríamos salir a gritar indignadas si la propia agredida está satisfecha con la mofa de su jefe? Saldríamos entonces para gritar nuestra indignación por ambas cosas que son, en verdad, una: el riesgo de que la violencia hacia las mujeres en el país se naturalice.


Me temo que estamos al borde. Las estadísticas lo prueban,  pues en vez de mejorar vamos en picada: cada año son más las  muertas por violencia. ¿Qué hacemos? Pues apuntar hacia arriba.

Mientras el Jefe del Estado lidere el machismo de este país, entre chiste y chiste, y su prioridad sea medir el tamaño de su virilidad con una tela azul, cualquier norma legal por la que las honorables diputadas se desvivan será simplemente inútil. Por tanto, agarren el arco y lancen la flecha hacia la responsabilidad del Presidente.

Cecilia Lanza Lobo es periodista.

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