País de ganadores, coro general

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lunes, 26 de marzo de 2018 · 00:07

Primero, cantamos firmes las sagradas notas del Himno Nacional (más o menos); con unos alegres brindis más tarde cuequeamos Viva mi patria Bolivia (mucho mejor); y ya entrada la noche, bailamos y cantamos Lamento boliviano, de los Enanitos Verdes, reboleando poleras. Si Viva mi Patria… es el segundo himno nacional, Lamento boliviano es el tercero. ¿Por qué los bolivianos cantamos nuestro lamento? ¿No son acaso los boleros de caballería ese -hermoso- mismo lamento boliviano? ¿De qué nos lamentamos?

Recuerdo a una abuelita mía, quechua de ojos claritos, analfabeta, nacida esos años de principios del siglo XX en que las mujeres cabían sólo en la cama y en la cocina. Una abuelita que en vez de hablar lloraba. No sabía leer ni escribir, sabía llorar. Sabrá también la abuela por qué lloraba. Sabrá ella sus penas como sabremos los bolivianos las nuestras. El caso es que ese lamento como carácter nacional, pasó del romanticismo como comprensión estoica de nuestra condición colonial, al comodín que justifica tanto nuestras desgracias (es que somos tan pobres…) como aquellas campañas salvavidas de la dignidad nacional.

Una clásica recomendación para casos de autoestima lastimada, manda al paciente a pararse frente al espejo, mirarse con buenos ojos, respirar hondo tanteando desde adentro aquellos restos de amor propio arrojados al tacho de la basura y sacarlos con fe, echándose piropos: soy hermosa, qué linda soy, soy valiente, diversa, plurinacional, ¡yo puedo! El siguiente paso, tras el baño de ánimo, es actuar en consecuencia. Porque, en principio, la recomendación no incluye un milagro.

 Más de veinte años atrás, Jaime Paz Zamora, entonces presidente del país, pleno de optimismo decidió mandarnos a los bolivianos frente a ese espejo a ver si de una buena vez encontrábamos nuestras evidentes virtudes y las sacábamos como hacían nuestros vecinos, pioneros en el medallero de la vida, mientras los bolivianos cantábamos nuestro lamento en cada aeropuerto internacional, irremediablemente sospechosos de ser narcotraficantes. “Coca no es cocaína” fue el eslogan para comenzar aquella empresa sustentada en el mantra mayor: Bolivia, país de ganadores.

Queríamos, a pura insistencia frente al espejo, sentirnos ganadores: soy ganador, soy ganador, soy ganador. Porque una cosa es sentirse y otra ser. Y para ser, pues hay que hacer. Y lo que hacíamos era mirarnos al espejo. Como el perro tras su cola. Las políticas de Estado fueron insuficientes en varios aspectos más aún en el afán deportivo que me temo fue el que sobre todo inspiró al presidente que aspiraba a construir un país de ganadores. A la vuelta de la esquina sucedió el autogol pues aquel gobierno terminó vinculado al narcotráfico. Coca era cocaína. Su aporte al coro del Lamento Boliviano fue… lamentable.

El país de ganadores de hoy ha superado todas las versiones posibles. Ese espejo que nos refleja hermosos, emprendedores callejeros felices, pequeños empresarios exitosos, millonarios petroleros, soyeros, cañeros, campeones, dignos y plurinacionales, está en cada esquina donde suene una radio auspiciada por el Ministerio de Comunicación, un canal de tv saturado de propaganda oficialista, una oficina estatal con funcionarios que cantan solemnes el Himno al Mar, una kilométrica bandera azul cual entrañable ola disecada, y claro, el museo de Orinoca que es el espejo mismo de nuestra máxima aspiración al amor propio.

Tamaña estructura es capaz de cubrir inclusive los autogoles. El espejo de la patria socialista es de esos que agranda y canta victoria siempre por si acaso. Tiene apuro. ¿Qué pasará cuando ese espejito-espejito se quiebre y detrás no haya nada o, peor aún, se vea todo? Pues seguramente cantaremos más sentidamente nuestro tercer himno nacional, coro general.

Cecilia Lanza Lobo es periodista.

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