El impostor

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lunes, 23 de abril de 2018 · 00:08

Alardeas de lo que escaseas, reza el dicho popular. Y la sabiduría popular, tan certera, tan quitapenas a la hora del lamento casi siempre tardío, la embarra. Si la sabiduría popular es sabia y dice que aquel que anda alardeando sus libros es sospechoso de tenerlos como adorno ¿por qué nos rendimos ante la farsa del farsante?, ¿cuál es la responsabilidad de ese pueblo al que, a la hora de la hora, de sabio le queda el lamento?

Igual que el énfasis en la valentía delata al cobarde, el énfasis en la verdad delata al mentiroso. Todo énfasis es una forma de ocultación, o de engaño. Una forma de narcisismo. Una forma de kitsch. Eso dice Javier Cercas cuando reflexiona acerca de Enric Marco, ese fabuloso mentiroso –valga la redundancia– que durante tres décadas tuvo a su país, España, engañado, pues se hizo pasar por el prisionero número 6448 en los campos de concentración nazis, y durante el resto de su vida relató las peripecias de aquella historia aquí y allá, fue escuchado, alabado y condecorado en los más altos podios del civismo español. Marco se convirtió en su propio personaje. Hasta que en 2005 fue descubierto. El debate político, social y moral que aquel hecho desató, llevó a preguntarse por responsabilidades varias. Javier Cercas profundizó luego la historia en un exquisito libro, El impostor. Y me lleva a mí a un par de preguntas sobre nuestro impostor y la impostura. Álvaro García Linera y el proceso de cambio.

Alega Cercas que dos “prestigios imbatibles” hicieron posible el éxito de la farsa de Enric Marco: el prestigio de la víctima y el prestigio del testigo (del Holocausto). Doy media vuelta y me pregunto: ¿Qué nos llevó, en 2006, a ver en AGL al “intelectual”, al “ilustrado” que compensaría la “ignorancia” de Evo, el líder campesino que no había pisado una universidad? Hay allí un enorme debate por desamarrar, sin embargo, tomo el hilo de Cercas y añado tres asuntos que pudieran explicar por qué nos quedamos callados ante un farsante intelectual: el “prestigio del exiliado”; nuestra ignorancia en general, y aquella autoridad moral que la izquierda vendió tan bien.

No es necesario explicarlas. Basta decir que, por nuestra parte, arrastrábamos pues nuestra mala conciencia de país excluyente, racista, clasista, neoliberal y vendepatria, y que por tanto andábamos necesitados de algún discurso que nos devolviera la buena conciencia histórica que llegó de la mano de la izquierda del socialismo del siglo XXI, que con más de cinco mil libros bajo el brazo, llegó pregonando su versión proselitista de marxismo y de revolución, y que de la idea de movimientos sociales remozados acabó en la práctica de los “colonizadores” termitas de la Pachamama.

Ese “buenismo” (o mala conciencia nuestra necesitada de reivindicaciones varias) nos llevó al silencio como quien paga su pena. Hasta que aquella “autoridad moral” comenzó a quebrarse demasiado pronto –diría yo que sucedió con la accidentada aprobación de la CPE en 2009, a sólo tres años de iniciado el noviazgo con el evismo y el MAS, y continúa con la evidencia del fraude cada vez más nauseabundo–. No sucedió como en el caso de Enric Marco cuyo desenmascaramiento sucedió de sopetón. El nuestro es un final agónico: un golpe tras otro que hace del dolor una costumbre. Ahí se está entre la vida y la muerte.

Leo una investigación publicada hace pocos días por la BBC, que prueba lo que ya sabíamos: que la pregonada obligatoriedad de hablar un idioma nativo es una farsa; que el mismísimo presidente Evo del saludo en aymara no pasa; que los documentos que certifican falsamente que los funcionarios públicos hablan algún idioma nativo los vende la propia institución encargada de su cumplimiento; que los indígenas en quienes este gobierno se apoya son aún maltratados en las oficinas públicas. De esa impostura hablo, como de tantas otras. No hablo de un cartón de licenciado, hablo de la farsa. Y me alegra escuchar en la radio cada mañana que, aunque en cámara lenta, la máscara del impostor haya caído y no sea más objeto de devoción sino de burla.

Cecilia Lanza es periodista.

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