Textura violeta

La infancia, un bien y una responsabilidad públicos

martes, 13 de diciembre de 2016 · 00:00
Parecería que cuando no hay respuestas contra actos de violencia, como el infanticidio cometido por un padre, la salida es la exacerbación del drama, la generación de más violencia sancionadora y alguna medida puntual de contundencia e impacto ejemplarizante para pasar rápidamente el mal trago de un hecho que interpela a toda la sociedad. 

Hay bastante hipocresía entre quienes protestan y se encuentran en sensible afectación y hasta conmoción por la muerte de una niña debido a una paliza recibida de su padre y su madrastra, cuando detrás de la puerta tienen colgado un amenazador quimsa charani; cuando se hace el ademán de quitarse el cinturón y las criaturas saben qué les espera; o cuando simplemente llegan sopapos, jalones de cabellos y patadas ante cualquier falta cometida. 

Violencia justificada por la costumbre del maltrato físico como forma de crianza y que lleva a límites poco claros de lo que está permitido o no. A esto se suma la percepción de "propiedad” que tienen padres y madres sobre su descendencia y que les puede conducir a extremos.  

Los datos de violencia contra criaturas menores de 12 años son terribles en Bolivia. En lo que va del año se registraron de forma oficial 34 infanticidios. Organizaciones que trabajan con infantes afirman que en Bolivia siete de cada 10 criaturas sufren algún tipo de agresión y que, de éstos, tres son abusos sexuales.

Violencia también es lo que ha sufrido el padre agresor en la cárcel, hasta el punto de dejarlo en coma. Situación aprobada por muchas personas que, luego de pronunciarse contra la violencia, no ven la contradicción de aplaudir la barbarie.

 Violencia es lo que sufre la madre de la niña, desde el Estado, al ser encarcelada por no ser buena madre, por abandonar a sus criaturas. Ella explicó que el padre se las quitó y que ella no hizo nada por temor a ser también violentada, nuevamente. Seguramente si el caso fuera a la inversa, la madre la asesina y el padre ausente, éste no sería encarcelado. Es una conjetura, sí, pero muy posible porque a un hombre no se le atribuye ese "amor natural” que debe tener una madre por sus hijos e hijas.

El amor de madre no es natural, eso ya lo ha desechado la antropología al estudiar pueblos y culturas diversas. Es un aprendizaje social y, en ese sentido, podría decirse que impuesto. Desde el feminismo se rechaza la obligatoriedad de la maternidad como realización femenina y además hay una   corriente contraria a ella por todas las limitaciones vitales que el hecho de tener hijos representa para una mujer.  

¿Quién es responsable de la violencia? Al tomarse cada caso individualmente, las culpas obviamente las tienen quienes ejecutan estos actos; sin embargo, cuando se trata de hechos recurrentes, tal como señalan las terribles cifras de infanticidio (además de las de agresiones y de abusos sexuales), la responsabilidad es de la sociedad en su conjunto y de quienes tienen su representación para proteger a la población: la administración del Estado.

En algún momento de la historia de la humanidad, lo que se conoce como "cuidados” (atención de la educación-crianza, de la salud-enfermedad, alimentación y  limpieza) pasaron en parte a ser responsabilidad de la familia y a cargo fundamentalmente de la madre, que no recibe retribución alguna por ello. En la estructura del Estado también se atiende estos cuidados pero a un nivel macro y condiciona las posibilidades de que en las familias se cumpla esta función. 

El problema está cuando a nivel del Estado no se llega a garantizar lo mínimo en cuidados y cuando el poder de sanción, el manejo de la justicia, está fuera de control. Resolverlo es prioritario.

Sólo una educación que destruya la cultura de la violencia y una toma de riendas efectiva de la administración de justicia pondrá fin a estos casos y se protegerá y atenderá debidamente a una infancia que es un bien público y una responsabilidad común.

Drina Ergueta  es periodista.