Textura violeta

Más allá del médico de confianza

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martes, 26 de diciembre de 2017 · 00:05

Si se preguntara ¿cuál es la imagen que nos llega a la mente si se tratara de describir al prototipo ideal de profesional en medicina? Nos imaginamos a un hombre de unos 50 años, experimentado y sabio en su materia, muy gentil y educado que nos atiende cuidadosamente con sus siempre pulcras y blancas manos. 


Esta imagen ideal es del pasado y muy clasista. Antes, la medicina era una carrera honorable y exclusiva para ciertas clases, que en Bolivia siempre ha significado también un origen racial blanco y que la ejercían sólo los hombres. Es pues también una imagen racista y sexista porque, eso sí, los cuidados más mundanos, aunque imprescindibles, eran labores de las mujeres. Todavía lo son.  


¿Y cuál es la persona paciente prototípica? Se podría decir, a grandes rasgos, que son dos: la que tiene un seguro de salud, muy poca gente, y la que no. Ésta, a su vez, se divide entre quien se puede pagar una medicina privada y es posible que haga cierta prevención en su salud, por lo que vive más años; y la que acude de emergencia a los pocos hospitales públicos cuando el dolor, ya inaguantable, le obliga. Entonces sobrevive o muere sin prevención alguna, como mucha gente en Bolivia. 


Entre estos tipos de pacientes hay un abanico de posibilidades marcadas por su nivel y capacidades económicas, posibilidades que algunos médicos han aprendido a medir al ojo (será por la ropa, las maneras… ¡qué será!) y cobrar, en consecuencia, por sus servicios o, lo que es peor, parecería que también para determinar la intervención que sobre ese cuerpo, allí tendido y entregado, harán. 


Y alrededor de esa decisión de intervención, acertada o no, se mueve todo el aparato hospitalario, de equipos y los quirófanos, los laboratorios de análisis, los bancos de sangre, las farmacias, además del personal de apoyo. Cada uno de estos llegan puntualmente con su factura. 


Es así que tener “un médico de confianza” es, en Bolivia, un tesoro y su búsqueda es habitual. Por suerte los hay, por supuesto, aunque todo es muy subjetivo porque se trata de una relación de desigualdad, entre quien sabe y quien está a merced con su ignorancia. Sólo queda la confianza. 


Se dice que en general las mujeres dan más confianza, aunque en una sociedad machista una cirujana en operaciones mayores seguramente no será del gusto de algunos, que preferirían un varón, por si acaso. Las mujeres siempre llevan la carga familiar, los cuidados, y eso retrasa las metas profesionales o impide una mayor especialización.


En suma, se trata de un modelo de servicio de salud con un origen de clase, de raza y sexista, que se basa en la capacidad de pago del paciente y por ello es restrictivo. Es un modelo sustentado por todo un entramado abocado al negocio y en el que inclusive se ha utilizado, de forma irregular, la infraestructura del Estado. 


El servicio de salud, por sus características de necesidad ineludible, debe ser una prioridad para el Estado y debe ejercer un control sobre él además de dotarle de garantías. El Estado no puede estar, como hasta ahora e históricamente, enfocado a atender a quien no puede pagar un servicio privado, dando un servicio social como quien hace un favor, sin grandes inversiones y sin ser prioridad. 


Esa confianza de la que hablamos debería ser sólida y estar puesta en el Estado y éste merecerla. Un Estado garante de servicios de salud adecuados y de profesionales médicos idóneos quienes, a su vez, tengan la garantía de una carrera valorada en términos de honorabilidad y retribución económica, donde las mujeres profesionales tengan las mismas oportunidades y exigencias.


Implica un cambio de modelo a seguir y hay intereses en juego. La intervención del Estado, que hoy se pretende en esta profesión, ojalá se encaminara a modificar el modelo, a crear un sistema estatal de salud potente y hasta mejor, como ocurre en Europa, que el servicio privado que debe también ser racionalmente regulado. Que garantizar la atención en salud a toda la población sea el objetivo.

Drina Ergueta es periodista.

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