Textura violeta

Entierro y resurrección de un violador en serie

martes, 07 de marzo de 2017 · 00:00
Este domingo de tentación enterraron al Pepino, personaje muy simpático, particular y representativo del Carnaval paceño y que en los últimos años ha sido recuperado como tradición de estas fiestas; sin embargo, algunas de sus características deberían quedar para siempre bajo tierra o tras las rejas.  

Especialmente debería quedar enterrada esa costumbre de mostrar y reproducir, inclusive con un tono romántico y con características de personaje literario, esa su parte vil: la de ser un violador en serie de mujeres, que lo transforma de un sujeto alegre, pintoresco y divertido en otro siniestro y despreciable. 

Un personaje que se aprovecha y delinque amparado en el alcohol, que ha bebido él y posiblemente también sus víctimas, y en el anonimato de su máscara sonriente. Máscara que cubre un rostro real, tapa una identidad e identifica negativamente a esta celebridad carnavalera.

¡Ay! No se vayan a ofender. Señor alcalde, vecindario, por favor, no confundan y entiendan. No ataco al personaje, ni a la tradición, ni a la alegría que representa. Voy en contra de una de sus características por las que también se le conoce y que es vista como algo gracioso cuando no lo es, que inclusive es exaltada y hasta valorada positivamente en el marco de la costumbre y la fiesta, tomada como una consecuencia natural del festejo, normalizada.

Cuando se dice que el Pepino es "mujeriego”, cuando se explica que una de sus características es que "roba” jovencitas, hasta el punto de que los padres están pendientes de ellas, cuando se habla de "sus viudas” durante su entierro (como representación de que acabó el Carnaval) y cuando se lo hace como si fueran singularidades simplemente llamativas, en un marco festivo, como un personaje irreal que representa al Carnaval paceño, se están dando como positivas y, por lo tanto, como referentes a imitar a esas singularidades.

Aquí ya habrá más de alguno que dice que se exagera. No es que desde el feminismo se tomen algunas cosas a la tremenda, lo que pasa es que hay asuntos tremendos que se minimizan, especialmente cuando las perjudicadas son mujeres.

Es que ojalá sólo fuera un personaje de ficción representativo de la fiesta. Lo que pasa es que es un personaje real, reproducido por miles bailando por la ciudad con el disfraz de Pepino y que tienen como referente la característica de ser un agresor sexual. No todos ponen en práctica esa particularidad, por supuesto, pero varios sí y en diferentes grados, eso es también bastante conocido.  

¿Se imaginan que fuera un personaje que se aproveche de hombres? No se hablaría de ese alegre personaje que "roba jovencitos”, a quienes pilló en la fiesta con copas de más (o sin copas y a la fuerza) y que al final del festejo acabaron adoloridos y avergonzados. ¿Harían luego un entierro simbólico con varios "viudos” plañideros de un marido que conocieron esa semana y cuyo rostro es sólo una máscara? Imposible, este personaje no habría durado más que un Carnaval y no los 114 que se dice que ya tiene.  

En Bolivia se registran cinco violaciones cada día, de acuerdo a datos oficiales. Las violaciones de mujeres y también de criaturas suelen ser mayores durante y al acabar las fiestas, muchas veces no son denunciadas y mucho menos sancionadas, ya que el consumo de alcohol es socialmente considerado atenuante para el agresor y agravante para la víctima. 

El Pepino es un personaje construido y que en su lado positivo es simpatiquísimo, que es alegre, divertido y característico del Carnaval paceño. De él ya no sólo se disfrazan hombres, sino también mujeres y niños. 

El Pepino puede dejar ese lado oscuro, vicioso, agresor, aborrecible y delincuencial; puede ser un personaje sano y así hay que reconstruirlo para que cuando resucite, el próximo Carnaval, sea un referente totalmente positivo y representante de una ciudadanía digna, consciente e intransigente con las agresiones sexuales.
  
Drina Ergueta es periodista.
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