Textura violeta

La línea entre la seducción y el acoso

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martes, 20 de febrero de 2018 · 00:05

Siempre que se habla del acoso sexual salen voces en defensa de la seducción y se afirma que quien reclama o denuncia estos actos, generalmente feministas, es gente que por algún motivo cae en lo mojigato o en la exageración, que va contra el amor que es tan bonito. A estas voces, señores, hay que responder que es muy grave confundir, no ver la línea entre la seducción y el acoso.


Por supuesto que es agradable gustar y sentirse deseada o deseado; sin embargo, a esto habría que añadir, primero, que se puede gustar no sólo por el cuerpo y no me refiero a que “lo que importa es el interior”, no. El cuerpo gusta, claro, pero, ¿qué cuerpo? Y esto afecta no sólo al sujeto/objeto de atracción, sino a quien gusta de él ya que está socialmente condicionado porque la sociedad le dice qué le puede gustar y que no le debería gustar: si el novio es más bajito, malo; si la novia es gorda, malo; si cualquiera es más moreno, caca; si ella es inteligente, da igual mientras no sea friqui.


Gustar de alguien es natural, pero los parámetros del gusto son sociales. Ahora, segundo, sentirse deseado o deseada es grato, claro, pero siempre que sea algo mutuo (mutuo, mutuo, repetirlo varias veces) o siempre que haya distancia, ser deseada por un sujeto abstracto, por la gente, por los hombres sin rostro, por fans… La distancia es importante y mucho, el respeto de los espacios es vital. 


Hay una pregunta básica: ¿Por qué una mujer debe aguantar la opinión sobre su cuerpo de parte de un hombre cualquiera? Obviamente, él tendrá una opinión al respecto, normal, pero, ¿por qué cree que puede decírselo?  ¿Por qué se piensa que tiene ese derecho? Y, además, qué le lleva a pensar que ella se lo agradecerá, así sea una grosería lo que le dice. Ese hecho, de decir y de mirar más de la cuenta, es una invasión, es un decir te estoy mirando y te toco con mis ojos y tú no puedes evitarlo y, encima, te lo digo.


Te lo digo y me río, ¿te ofendes? Malagradecida, puta. ¿Me quieres rechazar? No te atrevas, sabes lo que te puede pasar, para que aprendas. Te puedo acorralar, te puedo negar el ascenso, te puedo despedir, te puedo bajar las calificaciones, te puedo calumniar, puedo descalificarte cuando hablas en público y siempre puedo insistir, una y otra vez. 


¿Que eso es exagerado? Sí que es así, sólo que no siempre es tan explícito, es sutil y las mujeres que lo viven con temor, con agobio y con asco. 


Pero a los hombres sí les afecta cuando alguien le dice algo, o si tan sólo mira, a “su” mujer o a “su” hija. Allí sí que saben diferenciar perfectamente. Allí demuestran que no son opas, que se enteran de cuándo hay esa invasión a un espacio personal y muy privado. Aunque lo entienden porque sienten que invaden “lo suyo”, no porque ella sea la afectada, son ellos los ofendidos y por eso, ante la imposibilidad de “castigar” al otro, muchos se ensañan con ella por provocar, por ir así vestida, por reír tanto, por puta.


“Hay mujeres que provocan”, dicen. “Son coquetas y luego se quejan”, añaden. Antes que nada, estos hombres habría que preguntarles si diferencian entre una sonrisa amable y una señal de atracción y luego habría que desengañarles y decirles que si una mujer va vestida de esa forma será porque quiere; no lo hace por ellos, no.


Que “una mujer guapa se aprovechó”, también se escucha, que él le hizo un favor, la trató bien y luego le dijo que no. ¿No será que la malinterpretó? La gente normal se hace favores, se trata bien mutualmente y no por eso se tienen que acostar.


Esta ceguera o este querer ver lo que le conviene, de pensar siempre desde la hormona y luego decirse víctima de la mala mujer es muy peligroso. El acoso tiene un carácter delictivo. En la seducción hay un entendimiento mutuo, explícito o no, y si no se tiene ese machismo miope es fácil verlo. Y, si hay dudas, pues se puede preguntar franca y valientemente o quedarse callado, no acosar.
  
Drina Ergueta es periodista.

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