editorial

Polemizar y recibir ataques

miércoles, 15 de noviembre de 2017 · 12:00:00 a.m.
Prácticamente desde que salió a luz pública, Página Siete ha sido un medio incómodo para el poder y, en medio de los ataques constantes, ha registrado un crecimiento muy rápido en influencia y presencia; más rápido del que preveía como medio pequeño y con escasos recursos, nunca beneficiado por un solo centavo de la pauta estatal –que en este periodo, como nunca antes, contó con ingentes recursos–.

Pero así como Página Siete pronto adquirió notoriedad gracias al periodismo que hizo –con aciertos y errores–, fue también precoz y constantemente objeto de los ataques y el desprecio de las principales autoridades del país. No hablemos de funcionarios de menor rango que al escuchar el nombre de este medio cierran las puertas a las contrapartes y al derecho a la información pública, sino de los principales jerarcas: desde el Presidente a los  ministros, todos le han dedicado a este periódico su atención para acusarlo  y estigmatizarlo.

Así nacieron inculpaciones que se han hecho parte de la jerga gubernamental como: prochileno, proyanqui o "de la derecha”. 

A pesar de que este diario tiene como línea editorial el apoyo a la causa marítima y que jamás ha publicado una sola información en sentido contrario, el apelativo "prochileno” se ha convertido en uno de los insultos favoritos de nuestros mandatarios.

Lo mismo puede decirse sobre lo de "diario de la derecha”: este es uno de los pocos medios donde sus periodistas rehúyen a las filiaciones partidarias y fanatismos ideológicos, no porque no tengan afinidades, sino porque son servidores de la sociedad antes que militantes.

Ha habido momentos de dura tensión en nuestra redacción en estos últimos años; no sólo por el siempre inminente riesgo de la censura o de la inestabilidad financiera (producto del veto publicitario y el acoso impositivo), sino porque es verdaderamente atemorizante para un periodista, ver a un ministro superpoderoso, un vicepresidente del Estado o al principal hombre del país, sostener en la mano o señalar con dedo acusador el producto de su trabajo.  

Pese a ello, ser apuntado como parte de un "cártel” (grupo mafioso) de la mentira se ha convertido, a fuerza de tesón, en un orgullo, especialmente porque todas las acusaciones vertidas contra este medio u otros como el nuestro, no han podido ser comprobadas. Justamente lo contrario que sucede con las sospechas y denuncias de corrupción gubernamental que hemos sacado a la luz.

De modo que escuchar nuevamente al Presidente el pasado domingo 12 de noviembre acusar a Página Siete de mentiroso, de ser "de la derecha”, "prochileno” e incluso retar al "dueño” del medio a un debate, no ha sido extraño. Lo curioso de esta oportunidad es que la indisposición presidencial no tiene asidero alguno, a diferencia de otras ocasiones, cuando al menos se podían sembrar dudas desde el poder. 

 Las razones por las que Evo Morales tiene menos seguidores en Twitter que su contrincante político Carlos Mesa, pueden deberse a muchos factores, como él expuso, pero ninguno de ellos es atribuible a este medio que reflejó en una nota un estudio realizado por un experto sobre el particular.

En cuanto a las acusaciones de intentar confrontar a los cocaleros de los Yungas con los del Chapare por difundir una demanda hecha por los primeros al TCP, es como querer matar al mensajero: el problema de fondo, y el Presidente lo sabe, es que hay un profundo malestar en sus bases más importantes a raíz de la Ley de la Coca, aprobada por el MAS.

Sobre sus conceptos de democracia –otro de los temas de sus ataques del domingo pasado–, pasa más o menos lo mismo: él hace declaraciones y las interpretaciones sobre ellas son también noticia. Página Siete las refleja.

Lo que traslucen estos nuevos ataques es la incomodidad que le genera al poder una prensa que no le es complaciente: atacarla y desacreditarla es un recurso más fácil que convencer con explicaciones que sean creíbles. 

Para un medio como Página Siete estos ataques sólo pueden ser señal de que estamos haciendo el trabajo correcto: estar y hacer justamente lo que el poder quisiera que no hagamos. No tenemos que entrar en debate ni polemizar con esas posturas: con informar de lo que pasa, siguiendo los principios éticos que hacen al periodismo independiente, es suficiente.

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