editorial

¿Cuánta cultura hay en el Rally Dakar?

miércoles, 10 de enero de 2018 · 00:00

No hay modo: definitivamente, por mucho que los ambientalistas se desgañiten protestando y alertando sobre los dañinos efectos de las máquinas (autos, motos, camiones y otros) por espacios que debieran ser preservados; por más que muchos ciudadanos pongan en evidencia la incongruencia de no poder mejorar los hospitales -que estuvieron en medio de un paro de casi 50 días- u otras áreas mientras se gasta millones de dólares en una carrera de autos… lo cierto es que para el Presidente y sus colaboradores éste es el “evento del año”.


Basta leer el entusiasta tuit del Primer Mandatario: “Inicia nuevamente la mejor competencia de Rally del planeta, es un orgullo para la #PatriaGrande que el @Dakar recorra nuestras tierras. El deporte integra a los pueblos del mundo”.


“Orgullo para la Patria”, dice Evo Morales. Y habrá que admitir que además de los bolivianos que participan y de las empresas que se dedican a los rubros de los automotores, hay una masa considerable de espectadores que acude ansiosa al paso del desfile (por llamarlo de alguna forma) y que bate palmas ante el coraje de los circunstanciales héroes que arriesgan sus vidas (y nuestro patrimonio natural) en la competencia; pero, ¿se puede considerar un  motivo de orgullo para el país cuando la mayoría de las naciones evitan estas competencias por el alto grado de contaminación que provocan y los escasos beneficios que reportan? Se ha visto que el turismo no crece tanto como las toneladas de basura que arrojan los espectadores en los caminos y que si bien es un espectáculo atractivo no aporta mucho más que una buena película taquillera.


Decir que el “deporte integra a los pueblos” es también una verdad indiscutible, aunque uno se cuestiona cuántos deportistas bolivianos efectivamente tienen los recursos para pagar por su participación en esta millonaria carrera; sobre todo cuando se sabe que un deportista en este país tiene que sudar la camiseta no sólo para entrenar sino para poder conseguir recursos para avanzar en su práctica deportiva. Es una noticia ya gastada eso de que tenemos casi un campo deportivo en cada uno de los más de 300 municipios del país, pero seguimos últimos en las estadísticas de  todas las disciplinas deportivas, excepto por aquellas excepcionales individualidades que nos permiten de vez en cuando erguir el pecho con orgullo.


Pero en lo que nadie aventura una explicación (mucho menos las autoridades nacionales) es en la razón por la que una competencia tan cuestionable y cara como el Rally Dakar, que por quinto año recorre nuestro país, es organizada como un evento “cultural” con alto presupuesto en el área. 


Lo único que se puede catalogar como “cultural” en este rugido de motores es el intento de la ministra de Culturas, Wilma Alanoca, de convocar a grupos de cumbia y folklore para amenizar alguna velada del Dakar, pero, precisamente en una de las áreas más abandonadas y desvalidas que se considere como “cultura” una muestra tan obvia de colonialismo y depredación raya en lo absurdo.


No hay modo, sin embargo, de evitar que año tras año la agenda del país se detenga para ver esta caravana de coches de todos los confines del mundo y loar a nuestros participantes. Con todo, tenemos el derecho y la obligación de seguir insistiendo en la necesidad de ser coherentes y racionales. 


Coherentes para alentar espectáculos que no causen daños a lo que más debemos cuidar: nuestro patrimonio natural; y  para evitar sumarnos sin discernir a eventos  que siempre se han realizado en países pobres y distantes de las sedes de las transnacionales que lucran con ello. 


Y racionales para entender que hay gastos que merecen ser hechos y otros que deben ser evitados. Claramente, la popularidad de nuestros mandatarios puede subir unos puntos el día que pasa el Rally Dakar, pero alcanzaría mejores niveles si diesen una señal de sobriedad anunciando que estos millones irán destinados a necesidades más imperiosas.
 

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