Editorial

EEUU: hasta la próxima masacre

martes, 27 de febrero de 2018 · 00:00

Dos problemas se presentan en EEUU a la hora de enfrentar el fenómeno de las atroces matanzas colectivas: el primero es que la propia Constitución de ese país considera “legal” el derecho de portar armas y la defensa de ese derecho está muy arraigada en una parte importante de la población, especialmente la de sectores rurales. Para mucha gente en EEUU su identidad se basa en la idea de poder portar armas de fuego y más o menos un 40% de la población cree que ese derecho no debería limitarse.


Sobre ese sentimiento tan fuerte se construye la segunda capa de este problema: los millones de dólares que entrega el lobby de los fabricantes de armas al establishment político. La Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés) financia las candidaturas de decenas de legisladores, la mayoría de ellos republicanos, para que rechacen cualquier intento de reforma en este aspecto. Muchas de esas donaciones son lo que en EEUU se denomina “gastos externos”, es decir que no necesariamente deben usarse por lo político en actos de campaña electoral propiamente dichos. Esos recursos frecuentemente van a los bolsillos de los candidatos, que no necesitan hacer cuentas sobre su destino.


Como una enmienda constitucional que prohíba el manejo de armas es virtualmente imposible porque requiere de dos tercios de los votos del Congreso (que en un sistema bipartidista es muy inusual) o el apoyo de dos tercios de los Estados, algunos activistas han intentado por lo menos la aprobación de leyes que restrinjan el derecho de comprarlas y usarlas. No han tenido ningún éxito debido a que no logran vencer el veto de los republicanos, que a lo largo de los años han controlado alrededor de la mitad de los escaños de ambas cámaras. De hecho, nunca se ha llegado si quiera a discutir en el plenario del Congreso de EEUU ninguna propuesta de reforma. Simplemente éstas fueron desechadas en las etapas previas, como en las comisiones o comités legislativos.


Lo que sí han logrado algunos Estados, en concreto cinco, es limitar el derecho de compra de armas, obligar a los que las portan a registrarse y acciones de ese tipo. Connecticut, por ejemplo, que vivió la horrorosa muerte de niños en una matanza en una escuela primaria en 2012, logró endurecer sus leyes todo lo que la Constitución lo permitía y sus resultados han sido positivos, bajando los niveles de delitos por manejo de armas de fuego.


En este caso, el presidente Donald Trump decidió salir al frente del debate con la sugerencia de armar a los maestros de las escuelas, una insólita propuesta que no hace otra cosa que reafirmar cuán comprometido está el establishment norteamericano con el lobby de las armas y cuán difícil sino imposible será introducir algún cambio en la criminal costumbre de usar y portar armas sin control alguno.


Precisamente cuando se está dando una nueva oleada de protestas en el país para que se termine con el acceso libre a las armas de fuego y se impongan mayores controles, el republicano redobló la apuesta y asegura que una posible solución es dar pistolas a los adultos.  Trump entiende que los profesores capaces de portar armas deben actuar, que cuando comienza un tiroteo la reacción debe ser inmediata, que la Policía tarda al menos ocho minutos en llegar a la zona del incidente y que si en la escuela hay armas los agresores van a pensar más de una vez si quieren realizar una matanza.


Es difícil de entender cómo un país obsesionado con la seguridad en sus aeropuertos y fronteras, que hasta hace poco no permitía el tránsito de computadoras personales en vuelos desde y hacia ciertos países que no hayan sido previamente escaneadas, es tan concesivo con la compra y venta de armas. Sin duda que las muertes por matanzas como la de Florida superan con creces a las de cualquier actividad terrorista en ese país.


El poder del dinero en la política estadounidense y la fuerza de la tradición de sectores sobre todo rurales hacen, lamentablemente, que cualquier reforma sea inviable. Hasta que la próxima matanza enlute de nuevo.
 

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