Editorial

Cárceles para la perdición

sábado, 10 de marzo de 2018 · 00:00

Una de las varias funciones que tiene una cárcel o prisión es proteger a la sociedad de personas peligrosas o que generen inseguridad y disuadir a éstos de cometer actos contrarios a la ley. Otra, menos realista, es reeducar al detenido para su reinserción en la sociedad.  Sin embargo, en países como el nuestro estos parecen ingenuos enunciados, que no guardan relación alguna con la realidad.


Las prisiones bolivianas son las mejores escuelas del crimen, reino de las mafias y zonas libres para la comisión de todo tipo de delitos.


Cada vez es más evidente que en  cárceles como Palmasola (Santa Cruz) o San Pedro (La Paz)  la Policía no tiene otro rol que impedir que los presos escapen –a veces ni se logra–, pues el control penitenciario, incluso la seguridad, es administrada por peligrosos clanes de reos.


A tal punto llega esto que un centro penitenciario como Palmasola parece más un extenso vecindario que una cárcel, desde donde se manejan y perpetran grandes crímenes. Uso de celulares, tráfico de drogas y alcohol; incluso la celebración de grandes fiestas, son rutinarias en la población penal, sin que la Policía haga más que “vigilar” y preservar la tranquilidad.


Sin embargo, lo intolerable de todo esto son las violaciones y abusos a los niños y niñas que viven en estos centros de reclusión con sus padres y/o madres. El recientemente revelado caso de una niña de ocho años que era sometida a abusos sexuales por su propia madre y su concubino (un reo de Palmasola) y era filmada por ellos para comercializar las imágenes dentro del penal, nos habla de las aberraciones que son posibles en estos espacios.


El que no se pueda impedir que centenares de niños y niñas tengan a una cárcel como su hogar por la reclusión de sus padres y, más aún, que siendo así no haya garantía alguna de seguridad para estos menores, retrata la dramática situación de la población penal y la desidia con que han tratado este tema los gobiernos de turno.


Aunque el discurso de las autoridades es siempre triunfalista en su lucha contra el crimen, la derrota se produce una vez esos criminales son encarcelados: no hay procesos limpios, pues la  justicia es de una corrupción campante; hay una escandalosa retardación de justicia y un total abandono de la Policía en el control de los centros.


Sin duda, este es un tema que debería quitar el sueño a las autoridades nacionales, que deberían y podrían haber dado soluciones estructurales al menos al tema humanitario en los centros de reclusión (personas sin sentencias y presencia de niños y niñas). Estamos, sin embargo, ante prisiones que son bombas de tiempo a punto de estallar ante la indiferencia de nuestros gobernantes.

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