Editorial

Dos elefantes en Singapur

jueves, 14 de junio de 2018 · 00:00

Acaba de transcurrir en Singapur el histórico encuentro de los líderes de EEUU y Corea del Norte, Donald Trump y Kim Jong Un, respectivamente. Es el primer encuentro presidencial desde la Guerra de Corea (1950-1953), la cual técnicamente no ha terminado, pues Corea del Norte no aceptó entonces los términos del armisticio. Es decir que fue el encuentro de dos líderes cuyos países se encuentran en estado de guerra.

Sólo este dato incrementa el grado de importancia de la reunión, que sirvió por lo pronto para desactivar animosidades capaces de des-estabilizar la seguridad global, y que estuvo a punto de no llevarse a cabo. Recordemos que en los meses pasados, el presidente Trump llamó “Little Rocketman” (“hombre cohetillo” sería una buena forma de traducirlo) al líder supremo norcoreano y, en la misma alocución, anunció la destrucción total de su país, “con fuego y furia como el mundo nunca ha visto”.

A pesar de todo, Trump y Jong Un lograron un clima de cordialidad. Trump se comportó impecable, como suele hacerlo con los dictadores, y ambos firmaron un documento de “cuatro pilares”, que incluyen el restablecimiento de relaciones diplomáticas, la construcción de una “paz duradera”, la desnuclearización de Corea del Norte y la devolución de los restos de unos 5.300 prisioneros de guerra y soldados estadounidenses perdidos en acción en aquella guerra. 

La cumbre de Jong Un y Trump tiene todos los ingredientes del éxito, considerando las oportunidades fotográficas y el bombo mediático. Pero dados los antecedentes, es prudente no entusiasmarse demasiado. Su historial incluye anteriores encuentros prometedores, en 1993 y 2005. De hecho, un documento similar, firmado durante las presidencias de Bill Clinton y Kim Il Sung en 1993, trataba sobre los cuatro mismos puntos, pero de manera más abarcadora y en mayor profundidad. Aquel acuerdo fue violado por Norcorea.

A diferencia de 1993, en 2018 no sólo uno de los líderes es volátil e impredecible, sino ambos. 

Véase si no cómo trató Trump a sus aliados en vísperas de su reunión coreana: impuso de mala manera aranceles a sus vecinos Canadá y México, y a su aliada, la Unión Europea, agriando su relación con Macron y empeorando la ya mala con Merkel. Y, acto seguido, mientras calificaba al primer ministro canadiense, Justin Trudeau, de “débil”, “manso” y “muy deshonesto”, rechazó un comunicado conjunto del G-7 previamente acordado, dando al traste, definitivamente, con la confianza en Estados Unidos de los restantes G-6. 

Si así trataTrump a las democracias occidentales, ¿qué le espera al sonriente, fratricida y caprichoso tirano, ansioso de reconocimiento?
 

 

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