Editorial

El que explica se complica

lunes, 02 de julio de 2018 · 00:15

 Ha pasado a ser un tema de interés incluso internacional los lujos que rodean al Presidente de Bolivia. No solo los viajes, sobre los que se ha comentado y se seguirá insistiendo en la necesidad de manejarlos con austeridad y criterio de rendición de cuentas, pues forman parte de una gestión pública. También –y quizás especialmente- ha sido la Casa del Pueblo la que ha estado en el centro del debate por el enorme costo que representa para un país que tiene a sus enfermos en las calles clamando atención médica.

Después de haberse hecho caso omiso a las críticas sobre su edificación en pleno centro histórico, se ha optado por decir que era de extrema necesidad, dadas las limitaciones y precariedades del actual Palacio. Sin duda que la modernidad y confort son seductores, pero hablar de “necesidad” es casi un insulto para, hay que insistir las veces que sea necesario, un país cuyo sistema de salud se cae a pedazos.

Pero, en este concierto de críticas al exceso que ha traspasado nuestras fronteras, el Gobierno ha optado por el habitual contraataque, diciendo –de boca de la ministra de Comunicación, Gisela López- que el nuevo Palacio presidencial tiene lo estrictamente necesario para un trabajo digno, no sólo del mandatario, sino de los colaboradores que se instalarán en el enorme rascacielos.

López denosta que se use el término palacio para referirse a la edificación, convocando a los códigos de ética para decir que es una falta a ello usar este término. Dice López, además, que sauna, jacuzzi y gimnasios privados son indispensables para la salud, y que, prácticamente, el Presidente los requiere como parte de un mínimo indispensable por el trabajo que realiza. Primero, que no existe estudio científico que respalde tales afirmaciones, aunque nadie pondrá en duda los beneficios de cualquier actividad relajante y terapéutica. Pero, ¿es necesario construir una suite de más de mil metros para evitarle contracturas a nuestro líder? Podría decirse que no, puesto que se puede conseguir lo mismo con un costo infinitamente inferior; sin mencionar que tanto el Palacio Quemado como la actual residencia podrían tener (si no las tienen) este tipo de instalaciones.

Luego, decir que el despacho que ella dirige también precisa de mejores espacios para trabajar, es otro insulto, esta vez al gremio de la prensa, que es uno de los peor pagados y con menos recursos.

Ya que nada alejará a nuestro mandatario y su entorno de los excesos a los cuales parece haberse entregado, es mejor no intentar hacerlos aparecer como derechos, que eso no hace otra cosa que indignar. Como dice el refrán, en boca cerrada no entran moscas. O, mejor aún, el que explica, se complica.
 

 

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