Desde el faro

Evo ¿alcalde? ¡No! Por favor

viernes, 22 de julio de 2016 · 12:00:00 a.m.
Cuando La Paz despierta de la resaca postfiestas julianas, sólo me queda demandar  en voz alta que Evo Morales repiense el vehemente anuncio -para variar unilateral - de la llegada del teleférico al tradicional paseo El Prado de la ciudad de  La Paz. Asusta el entusiasmo que profesa por las maravillas tecnológicas de la modernidad occidental y la premura con que cristaliza sus súbitos antojos. Al fin, no le cuesta nada.  Echa  mano a su poder hiperpresidencial, a la bolsa de Reservas Internacionales del país, sin contemplar el fin de una bonanza que lentamente cae sobre nuestras espaldas y bolsillos.     

 Hace unos días,  C.H. Molina, connotado impulsor autonomista, opinaba que "el Presidente debe aceptar que Bolivia es autonómica y debe dejar de ser gobernador y alcalde”, dando pie a un sabroso debate con la  presidenta de la Cámara de Diputados, quien justificaba el ir y febril venir de Evo consumando la invasión de competencias de gobernadores y alcaldes. 

 El año 2013, bajo el título "La construcción del Estado Plurinacional con autonomías en tiempos de hiperpresidencialismo”, presenté  un ensayo en la conferencia internacional de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA, en inglés) diseccionando los mecanismos y efectos del centralismo presidencial sobre la institucionalidad de gobernaciones y alcaldías.  Coincidí con la tesis de que el compulsivo afán de Evo Morales  por oficiar de alcalde  mayor contribuye al estancamiento, sino retroceso, del proceso autonómico. 

 Lo cierto es que cualquier líder deja de serlo el mismo momento que excluye de su reunión ampliada con alcaldes a Revilla y Chapetón;  es decir, a las dos autoridades municipales que representan a más del 50% de la población del departamento de La Paz y a alrededor del 25% del electorado del país, cada vez más urbano y contrario a la perpetuación de su liderazgo. El gesto habla por sí mismo: ignorarlos por no ser del MAS -en conocimiento de que son permanentemente asediados  por sus "barras bravas” mal llamadas "movimientos sociales”- no es de estadistas ni de líderes que nacen cada 150 años. 

 Hoy aplaudo el coraje de Soledad Chapetón por tocar la puerta de Palacio y reclamar el apoyo a proyectos priorizados,  desde la planificación  municipal en una ciudad tan compleja como El Alto, cuya cultura clientelar el MAS robusteció en lugar de  revertir por ser  práctica colonial con la que el autócrata somete a los más vulnerables.

 ¿Acaso Morales no sabe -tal vez no entienda- que la autonomía presupone coordinación, inversión concurrente, respeto a las competencias, convivencia plural y fortalecimiento institucional de los gobiernos subnacionales?
 
 ¿No resulta ridícula la imagen de un presidente que presume de sus faraónicas megaobras compitiendo infantilmente con alcaldes o gobernadores principalmente opositores? 

 Preocupante. La trica centralismo, personalismo y clientelismo se consolida vía varios mecanismos. Uno de ellos, el programa Evo Cumple, inspirado en uno de similar diseño impulsado por Fujimori, lleva el sello de  la improvisación, sobredosis de propaganda y de  modalidades administrativas de excepción que ningún alcalde podría bancar. ¡Ojo! que Evo Cumple no se hizo para complementar las debilidades municipales. Para ello era suficiente reforzar las funciones del sistema de fondos de compensación preexistentes o del Ministerio de Autonomías.   

 Según, O’Donnel, teórico de la democracia, en estos casos "el presidente se aisla de la mayoría de las instituciones”, despliega "sus” políticas para luego de cada corte de cinta convertirse en "la encarnación del país, principal custodio e intérprete de sus intereses”.

 La tangibilidad de obras sirve para reafirmar el vínculo del caudillo con su clientela. Bajo este modelo se hace gas  la posibilidad de planificación integrada, de un pacto fiscal razonable, de inversiones compartidas entre gobierno central y municipios predominantemente urbanos, a cuya población el MAS y la sobreoferta de teleféricos ya no inspiran ni seducen.
  
Erika Brockmann Quiroga es politóloga.
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