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Erika Brockmann Quiroga
Desde el faro

“Peguismo” y rentismo endémicos

“Peguismo” y rentismo endémicos
Hace unos días, Fernando Molina se refería a la "empleomanía” como un fenómeno tanto o más  antiguo que la República, caracterizado por la apetencia descontrolada  de cargos públicos. Fue provocador al afirmar que el intercambio político y distribución del "stock” de pegas constituirá uno de los resortes claves de la política nacional y causa de la debilidad, y baja calidad de las instituciones públicas.  

Temo que semejante afirmación no sea equivocada. El año 2015, un estudio sobre la nueva burocracia plurinacional, liderado por la académica Ximena Soruco (Nueva Sociedad, 258) estableció   que entre el año 2001 y 2013 la burocracia estatal creció en un 676%, a razón de 56% anual. Se destacaba el peso del sindicato y de la organización social para definir el acceso y reclutamiento de servidores públicos, siendo un rasgo preocupante la alta rotación y corta permanencia. Concluía que con el cambio de élites  se había democratizado el acceso al servicio público y la movilidad social intergeneracional impulsada vía burocrática. 

El dato más revelador era el relativo a instituciones descentralizadas y empresas públicas, cuyo personal se habría incrementado de 5.500 a 193 mil. Un stock de cargos públicos distribuidos ciertamente abultado.      

Cuando una organización política finalmente accede a algún espacio de conducción institucional del Estado, la tarea de "copar” y distribuir los cargos públicos disponibles a la militancia quita el sueño, y energía, es ineludible pudiendo ser muy ingrata.  Es el tiempo de presiones, reclamos y disputas internas difíciles de administrar. Es el momento de la perdida de la inocencia. Entonces la organización se convierte en una conflictiva y no siempre eficiente agencia de empleo. La meritocracia y capacidades mínimas requeridas para acceder a un cargo se subordinan a un mal entendido concepto de lealtad política, y a dinamizar circuitos de favores recíprocos. Es decir "Roscas” y facciones internas en pugna.   

 Confieso haber vivido y sido testigo de las tensiones políticas, personales y humanas que alimentan, entre drama y viveza criolla, esta práctica endémica de la política nacional. En un país, reino de la informalidad, de empleos precarios de baja calidad y prestigio, es una meta acceder a un cargo público e inclusive a algún beneficio "colateral” no muy santo.  Aunque no permanente,  es una oportunidad especial para experimentar  la sensación de seguridad y certeza, ajena para la mayoría de los bolivianos. 

 ¿Acaso para hacer campaña piden la hoja de vida? increpó  una militante que consideraba tener los méritos partidarios suficientes para acceder a un cargo público relativamente calificado.  El que un hijo ingrese a la academia de policías, otro al Colegio Militar  y un tercero al magisterio es y quizás siga siendo la máxima aspiración familiar. No faltan quienes tramitan, trafican o gestionan avales para estos espacios tan codiciados.  Recuerdo a un hombre casi anciano implorando no ser despedido ante el inminente cambio de gobierno. Mujeres que se embarazan para postergar el despido. A profesionales reclutados por mérito, asediados por comisiones partidarias disponiendo discrecionalmente de cargos teóricamente inamovibles y de carrera. 

 Cuando el partido deviene en poder, las pegas se convierten de pegamento que cohesiona  o motivo de rupturas y disidencias memorables. Su administración empodera al que reparte y corta el "queque”.  Paradójicamente, una vez en el poder, la organización pierde vitalidad propia,  comienza a subsumirse en la dinámica de la institución pública convirtiendo su propia estructura y su mando en un mal remedo de la estructura y jerarquía estatal. 

 Concluyo. Esta reflexión me nace cuando comienza la discusión  sobre una nueva Ley de Organizaciones Políticas y otras normas colaterales en el país. No es fácil recuperar la confianza ciudadana, como tampoco imaginar mecanismos normativos viables y efectivos para ir desmontando la atávica cultura rentista y clientelar de la política boliviana. 

 En ese marco, tratar la cuestión del peguismo es relevante y pertinente. Pese a su popularidad, reconocerlo como problema sería el primer paso. Enfrentarlo con determinación y gradualmente ya sería un logro. 


Erika Brockmann Quiroga  es politóloga.
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