Otras palabras

La experiencia del espacio público

jueves, 11 de agosto de 2016 · 00:00
Comparto algunas reflexiones sobre la experiencia cotidiana del espacio público. En una charla con una joven arquitecta, Camila Rossel Villarreal, tomé conciencia de la importancia del pequeño paso que damos todos los días entre nuestra casa y la calle, de estas fracciones de segundos en que cruzamos el umbral que separa el espacio privado, cerrado, de relaciones personales e íntimas, del espacio público, abierto, de tránsito y de encuentros con desconocidos.  

Antes de esta charla lo hacía sin pensar, sin indagar las emociones y sentidos que este pequeño movimiento implica en nuestras vidas. Estaba acostumbrada a pensar en estos dos espacios como separados y a no considerarlos escenarios profundamente interconectados, cuyo continuo tránsito teje nuestras experiencias de vida. 

Camila me explicó la importancia de proyectar el espacio de entrada y salida en el diseño de viviendas o de cualquier edificación. Todo un curso que ella llevó en la universidad. Nos pusimos a hablar de La Paz y a indagar sí las construcciones en general han prestado atención a este espacio o si lo ignoraron. Está claro, me decía la joven arquitecta, que el gusto y la estética que guían cualquier construcción son cuestiones privadas y de libre decisión de cada uno. Sin embargo, cada construcción, inevitablemente, se comunica visual y funcionalmente con las edificaciones a su alrededor. 

Si esta comunicación entre lo privado y lo público es inadvertida por los que intervienen en la transformación del espacio urbano, las edificaciones se cierran en sí mismas y no abren espacios visuales y funcionales de tránsito amigable entre lo privado, y lo público. Y si esta es la lógica dominante, se pierden oportunidades de armonización estética y de enriquecimiento de los espacios de sociabilidad ocasional y fugaz, esto es, de co-presencia en lo no privado. 

Me quedé pensando en las edificaciones que se imponen como bloques de cemento al lado de construcciones coloniales, como el mercado Lanza en la plaza San Francisco o las nuevas edificaciones que el Gobierno está construyendo en el centro de la ciudad. También en los edificios que no contemplan espacios semi-públicos, como pasillos o estancias para que los transeúntes puedan sentarse a pasar un rato, tal vez comer algo al medio día o asistir a un show improvisado por artistas de la calle o un concierto promovido por la alcaldía.

Lugares que las edificaciones podrían haberse propuesto ofrecer a la ciudad, con un toque especial y sorprendente sólo para hacer la vida social de "paso” más humana y bonita. Para esto, sin embargo, serían necesarias lógicas no centradas únicamente en la ganancia privada o visiones de modernidad no ceñidas a cemento. 

Los gestos de dar la espalda a las interacciones cotidianas transitorias y eventuales en los espacios públicos, como si éstos fueran "no lugares”, son profecías que se auto-cumplen, al transformarlos efectivamente en "no espacios” donde no hay nada que mirar o ninguna razón para detenerse. Espacios sin identidad colectiva, despojados de características sociales propias y de sentidos de pertenencia anclados en historias, y en futuros comunes, abiertos y creativos.  

La indiferencia con el espacio de sociabilidad pública, congelada en muchas edificaciones, también se expresa en una miríada de pequeños actos en nuestro paso por la ciudad: La displicencia en el uso de la bocina, la falta de control de la polución de autos o buses, los envases plásticos que botamos sin cuidado o, simplemente, la no atención por donde caminamos. 

La construcción de lo público es responsabilidad de todos y todas. Empieza por nuestras vidas cotidianas, en este pequeño paso entre la casa y la calle. Si bien el Estado tiene la responsabilidad de velar por los espacios de convivencia común, como las plazas, somos nosotros, ciudadanos de a pie, empresarios, arquitectos, vecinos, vendedores y consumidores quienes construimos nuestros entornos de sociabilidad colectiva. 

Si los valoramos y cuidamos también estaremos en mejor condición para priorizar las demandas a nuestros representantes. Lo público es mucho más que lo estatal, al mismo tiempo que lo estatal puede hacer mucho más por lo público. 

Ahora, cada vez que salgo de mi casa, me detengo un minuto a prestar atención a ese paso entre lo privado y lo público. Y en mi travesía por las calles estoy más atenta a las vistas más bonitas, a las edificaciones que no me canso de mirar, a los gestos y escenas que contribuyen a una co-presencia grata y divertida con desconocidos.
 
Gracias Camila! 

Fernanda Wanderley es socióloga investigadora.