Otras palabras

La prisión de Lula: la muerte de una esperanza

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jueves, 12 de abril de 2018 · 00:07

Acompañé la prisión de Lula con el corazón acongojado. Quisiera estar en Brasil y abrazar a mis amigas y amigos militantes del Partido de los Trabajadores (PT). Soy parte de una generación que creyó en la esperanza de un Brasil más justo, inclusivo, sin pobreza y menos desigual. Participé de las dos primeras campañas políticas de Lula, en las que él salió derrotado. Festejé su victoria años después y acompañé los logros sociales de su gobierno como propios. 


Asistí cada paso que culminó en su prisión. Escuché su discurso antes de entregarse a la Policía. Una confusión de sentimientos me oprimió: indignación, rabia y  estupor. No tengo duda de que Lula es responsable político por la continuación de la corrupción institucionalizada y del desvío de recursos públicos para el enriquecimiento ilícito de una élite política, y económica inescrupulosa y que su prisión fue el desenlace anunciado de un proceso judicial y policial correctamente desarrollado; sin embargo, no festejé su prisión y me sumergí en una profunda tristeza. 


Como en una película, volví a mis 20 años, a mi tiempo de estudiante, a las movilizaciones en las calles, al sentimiento de euforia que provocaba el eslogan “Sin miedo de ser feliz” de las campañas de Lula a la presidencia. Recordé el Lula obrero, migrante de una de las regiones más pobres del país, representante de los jóvenes que no tuvieron oportunidad de estudiar. Volví a  rememorar las promesas de un Brasil más honesto, transparente, sin violencia y democrático. Reviví la profunda confianza que sentimos en los ideales proclamados por el PT.


Me sentí de luto y comprendí que su prisión simboliza la muerte de una esperanza. Después de 13 años en el poder, el PT no sólo no cambió el rostro más feo del país, sino que contribuyó para convertirlo en grotesco. Un país invadido por mafias disfrazadas de políticos y empresarios, sólo interesados en ganar más plata, robando recursos públicos que deberían ser destinados a salud, educación, saneamiento básico, transporte, seguridad ciudadana, vivienda, entre tantos bienes y servicios públicos que carece la población. 


Su prisión ocurre en un contexto político todavía gobernado por un sistema donde persiste el virus de la corrupción, donde están bajo investigación desde el actual Presidente de la República, pasando por la mayoría de diputados, senadores, gobernadores y alcaldes. Mafias incrustadas en el Poder Legislativo, en las fuerzas de seguridad y en todos los escalones del servicio público. Un país que padece de una enfermedad maligna que se arrastra  por los territorios más pobres y vulnerables, extorsionando la población, y matando a los que denuncian estos crímenes. 


En su discurso, horas antes de ser preso, Lula dijo que él simboliza una idea que seguirá entre los brasileños. En mi opinión, se refería a la idea de su proyecto político original: una sociedad más justa en que todos los ciudadanos sean tratados por igual. Frente a un futuro incierto con la cercanía de las elecciones de este año, mi profundo deseo es que este sueño prevalezca entre los brasileños y que se renueven liderazgos, y propuestas políticas que reafirmen los ideales que un día representaron Lula y el PT. También espero que, en esta nueva oportunidad, las ideas correspondan a los hechos y que no volvamos a ver el futuro repetir el pasado.


Así como el tiempo no se detiene, también la esperanza no debe morir. Quiero creer que todavía mi generación asistirá el comienzo de una era: de gente buena, elegante y sincera. Una época en que la política recupere su dignidad y la honestidad sea la regla y no la excepción. Un país donde la educación y la salud pública universal, y de calidad sean las prioridades de los gobiernos. Un país sin discriminación contra los negros, las mujeres y los homosexuales. Un país que protege a sus niños y niñas y ofrece oportunidades iguales a todos sus jóvenes. 


Un país sin violencias, sin esclavitud moderna y sin impunidad. Un pueblo que no tolera la corrupción, la pobreza y las desigualdades. Un territorio que protege su naturaleza y distribuye sus tierras con justicia. Un país orgulloso de su diversidad. Sólo en esta nueva era, los y las brasileñas podrán estar vanidosas de ser el país más grande del  mundo.     


Fernanda Wanderley es socióloga investigadora.

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