Raíces y antenas

El populismo cleptómano

domingo, 06 de agosto de 2017 · 00:00
Populismo es una etiqueta polémica y muy compleja de definir, pero es una actitud política fácil de identificar en la práctica. Cuenta una vieja historia que en un afamado programa de radio, conducido por un político comunicador,  que decía oír al pueblo, un día una señora se quejó al conductor y le dijo: "No veo a mi marido hace tres días”. Y éste le contestó: "¡Lentes para la señora!”. El líder populista se caracteriza por saber siempre lo que el pueblo siente, necesita y quiere sin necesidad de preguntarle a éste, porque él es el mismísimo  pueblo. El caudillo populista es el origen y el destino de la voluntad popular. El populismo sacraliza a la entelequia pueblo, cuyo único intérprete y redentor es el líder. 
 
 Según Ernesto Laclau, la gramática populista crea al sujeto pueblo a  base de antagonismos. Patria- anti-patria; nación versus anti-nación. Nativos del país frente a los extranjeros saqueadores. Pueblo contra élite. Transnacionales versus revolucionarios. Soberanía nacional versus injerencias foráneas (económicas, religiosas o raciales).  La lógica amigo-enemigo adquiere varias formas políticas, sociales y culturales, siempre dicotómicas que vulgarizan la realidad, otorgando un carácter sagrado y religioso al líder populista y su pensamiento. 
 
 Así,  su palabra y acciones se convierten en la verdad revolucionaria, y el resto del pensamiento diverso, que toda sociedad democrática tiene, se encapsula como un conjunto de mentiras. Así mismo, el populismo alimenta todos los tipos de nacionalismos económicos o étnicos. El populismo es, en realidad,  un gigantesco espejo que el líder lo lleva tatuado en su piel, actitud y pensamiento donde el pueblo ve reflejadas sus virtudes pero también  sus prejuicios, traumas, miedos, espíritu tribal, desconfianza, patrioterismo y frustraciones. 
 
 En el mundo actual tenemos dos variantes de populismos: uno de derecha, predominante en algunos países de Europa (Brexit) y en Estados Unidos (Trump), y otro de izquierda, cuya presencia está más difundida en América Latina. Los casos más conocidos son Venezuela, Bolivia, Ecuador o Nicaragua. 
 
 Existen centenas de interpretaciones políticas y sociológicas sobre los orígenes y evolución de los populismos.  En esta oportunidad nos concentraremos en la cara económica de este fenómeno.  El populismo en sus orígenes tiene que ver con la pobreza,  mala distribución del ingreso, la pérdida de empleos, el odio a las élites  y la exclusión social que se produjeron en algunos países como resultado de la profundización de la globalización. Este fue el terreno fértil para el surgimiento de la base social y política de los movimientos populistas. 
 
 En la lógica antagonista existen dos clivajes. El primero tiene que ver con nacionalismos económicos, étnicos y culturales, y el segundo está asociado a la concentración de los ingresos y fuertes divisiones sociales. En la práctica, los gobiernos populistas mezclan, con diversas dosis y ritmos, ambos clivajes.  
 
 En el primer clivaje se sitúan los populismos de derecha, que tienden a enfatizar el tema nacionalista a través de la defensa ya sea de valores culturales o de industrias nacionales, que son perjudicadas por las migraciones o los extranjeros. 
 
 En el segundo están los populismos de izquierda que enfatizan la dicotomía de la lucha de clases, representada por  transnacionales y sus élites serviles locales versus el pueblo. Dadas las limitaciones del espacio, concentrémonos en este tipo de populismos que está muy difundido en América Latina y veamos su taxonomía de políticas económicas, y la economía política que las sustenta. 
 
 La macroeconomía del populismo fue muy bien descrita en los años 90 por  Dornbush y Edwards. Esta parte de un periodo de euforia y triunfalismo, donde a base de políticas de gasto e inversión pública masivas (fuerte intervención estatal en la economía) logran resultados económicos y sociales importantes en el corto plazo. El PIB crece, se mejoran las condiciones sociales, se redistribuyen los excedentes de la renta de los recursos naturales y se crea una gran burbuja de consumo, pero se lo hace  profundizando el carácter extractivista de las economías. 
 
 En un segundo momento, generalmente frente el agotamiento de los recursos financieros para financiar los gastos, comienzan los síntomas de profundos problemas estructurales del populismo económico: elevado déficit público, inflación reprimida, apreciación del tipo de cambio real, pérdida de ahorro interno, sobreendeudamiento externo, etcétera. La macroeconomía populista se niega a reconocer estos síntomas y en el extremo del delirio ideológico atribuye estos problemas a conspiraciones externas. 
 
 Finalmente, se produce  el colapso de las  políticas económicas populistas y se inicia un proceso recesivo, aumenta el desempleo, la inflación se descontrola, la economía pierde dinamismo y competitividad, y se producen retrocesos en términos sociales. Por ejemplo, el ciclo descrito de tres etapas del populismo ha comenzado en Argentina, Brasil y de manera traumática, en Venezuela. 
 
 El populismo también tiene una manifestación de economía política vinculada a la distribución de las rentas del Estado. En el primer caso  se establece una relación de prebendalismo con grupos corporativos de la sociedad a través de la distribución de  dádivas y rentas del Estado, a saber: bonos, tierras, legislación favorable y otros. Este es el caso de la relación del Estado boliviano con movimientos sociales. Un segundo nivel de relacionamiento tiene que ver con alianzas mafiosas, entre políticos, empresarios y burócratas,  que se organizan dentro del Estado para capturar rentas y establecer mecanismos de corrupción. Este es el caso brasileño, que es un ejemplo de populismo cleptómano.
 
Gonzalo Chávez A. es economista.
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