Un cadáver para sobrevivir

domingo, 28 de enero de 2018 · 00:06

Cuenta la leyenda que Rodrigo Díaz de Vivar El Cid Campeador –un guerrero castellano y experto en batallas campales– ordenó que embalsamaran su cuerpo y que el mismo cabalgara sobre su caballo Babieca en las siguientes batallas, una vez muerto. Se cumplió su deseo, y sus tropas al verlo nuevamente en los campos recobraron el brío y los enemigos huyeron, conocedores de su ferocidad y habilidad en las artes de la guerra. Desde hace 12 años y en cada informe a la nación, el Gobierno saca a su Cid Campeador: la industrialización de los recursos naturales de inspiración populista, para motivar a sus bases sociales, para llamar a sus guerreros a la batalla por la modernidad trucha.  

 El pasado 22 de enero, no fue diferente, una vez más la idea zombie de industrialización de los recursos naturales vistió sus mejores galas y fue la promesa central de los discursos del poder. En esta oportunidad se barnizó el cadáver con propuestas de innovación tecnológica y se prometió inyectar al muerto viviente 13.000 millones de dólares. El Cid industrioso salió a dar la pelea, pero esta vez se lo vio bastante más demacrado y cansadito. Pero la estrategia es la misma, revivir cadáveres para sobrevivir políticamente.

 En el informe, se repitieron las glorias: el satélite Túpac Katari que inicia la era espacial. Las plantas separadoras de líquidos, de amoniaco y úrea, que funcionan a medias, y son la vanguardia de la revolución.   La Fundición de Karachipampa que inspira sendas poesías al lingote. Cartonbol que dobla cartón chino.  La ensambladora de computadoras y celulares Kipus que inició la revolución tecnológica en Bolivia y dejó al borde del ataque de nervios a Apple.         La industrialización de inspiración populista busca hacer la primera revolución industrial con 200 años de atraso. Los más conformados, entre los que no me encuentro, dirán: Bueno, por algo se comienza con el catching up (el ponerse al día). Los siguientes pasos serían la siderurgia, el laminado, el propilenio, el poplipropilenio y elaboración de otros productos en la misma cadena de valor.

 Es decir, un proceso de industrialización vertical.  Como en una escalerita, se parte del lingote, pasando por clavo, la calamina, algún momento se  llegará al automóvil. Es la industrialización “de” los recursos naturales.  Seguir este camino, como lo hemos señalado varias veces en esta columna, es reeditar el modelo nacional desarrollista que consolida nuestra función de proveedor de materias prima, aunque éstas tengan algo más de valor agregado. No genera desarrollo diversificado e integral. Estas actividades siguen siendo muy vulnerables a los vaivenes de los precios del mercado mundial. Si el precio del gas  cae, esto afecta a toda la cadena del sector. Así mismo, mata la creatividad de la gente y fomenta el rentismo. El conocimiento colectivo se concentre en la explotación de materias primas.

 Contrariamente, me adscribo a las ideas, defendidas por Stiglitz, Rodrik o Hausmann que sostienen que industrialización es, sobre todo, aumentar las capacidades productivas sobre un rango mucho mayor de bienes y servicios. Puesto de una manera más sencilla, industrialización es aprender a hacer nuevos productos y servicios.

 Bolivia puede y debe saltar a la cuarta revolución, promoviendo, para comenzar la industrialización “para” los recursos naturales. Finlandia apostó este tipo de transformación, convirtió un pedazo de madera, un k’ullu, en un celular.  Ciertamente no fue agregando valor a la madera, sino añadiendo valor a las capacidades existentes para producir madera y los servicios de comunicación que se necesitan para extraer esta. Los finlandeses, de tanto cortar árboles y cepillar maderas, descubrieron que las hachas y serruchos ingleses perdían filo y no funcionaban bien en sus bosques fríos, por lo que decidieron hacer mejores serruchos y hachas más duras y filosas adaptadas a su medio.

 El aprovechamiento de ciertas capacidades, convertidas en ideas creativas y nuevas tecnologías permitieron desarrollar otras capacidades. Así empezaron a producir mejores máquinas finlandesas para talar árboles y equipos más eficaces para pulir madera.

 Simultáneamente, los leñadores en los gélidos bosques de Finlandia tenían enormes dificultades para comunicarse entre ellos y para atender pedidos de los aserraderos, y, nuevamente, se buscó generar valor agregado, no a la materia prima, sino a un servicio conexo.

 Los radiotransmisores gringos no eran buenos en las montañas finlandesas, entonces aprovecharon que en el pasado se había desarrollado una industria de cables y radios en el país, y decidieron hacer mejores equipos de comunicación, que terminaron produciendo los famosos celulares Nokia. Fue una industrialización ”para” los recursos naturales y no solamente “de” los recursos naturales.

 También se podría ir más allá de los recursos naturales, apostando a la revolución de la inteligencia, a las tecnologías de información, a las energías renovables, a las redes de distribución de energía eléctrica “inteligentes”, a la gastronomía creativa, a la manufactura digital, tecnologías de la información, big data y sus diversas aplicaciones en el computing cloud.

  Esta es una diversificación de otra índole que incluye  el arte, la historia, la cultura, el turismo, los servicios financieros, manufacturas personalizadas, la arquitectura, el entretenimiento, el activismo social, etcétera. Este tipo de industrialización requiere tanto de privados como Estado emprendedores. La industrialización populista piensa las transformaciones a partir de la política y el control estatal porque le interesan las clientelas sociales, y no los emprendedores independientes y creativos.

Gonzalo Chávez A. es economista.

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