Raíces y antenas

El populismo cambiario y la revolución

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domingo, 18 de marzo de 2018 · 00:09

El populismo es un fenómeno socio-político que puede adquirir varias caras. Puede tener un contenido de derecha como observamos en Estados Unidos, Inglaterra y parte de Europa o puede manifestarse como una tendencia de izquierda, como sería el caso de algunos países de América Latina y Bolivia.

 D. Rodrik, en Populism and the economics of globalization, sostiene que la globalización desencadenó, por diferentes vías, reacciones nacionalistas y populistas. Por una parte, frente al aumento de las migraciones y refugiados y la invasión de bienes extranjeros (piense en los productos chinos, por ejemplo) en los países desarrollados surgió un populismo de derecha de raíces étnicas, culturales y económicas.

 Por otra parte, ante la apertura comercial, financiera y la invasión de la inversión extranjera directa, promovida por el neoliberalismo, surgió un populismo de izquierda también fuertemente nacionalista. En ambos casos, Rodrik sostiene que la globalización genera ansiedad económica, fuerte lucha distributiva y malestar socio-cultural que impulsa liderazgos mesiánicos.   En este artículo, nos concentramos en los populismos de izquierda, en su versión económica.

 La política económica del populismo busca crear clientelas o, en la retórica de estos movimientos, beneficiar o compensar al pueblo que ha sido afectado por algún enemigo externo, empresas transnacionales y la antinación.

 Según S. Edwards y R. Dornbusch, la macroeconomía del populismo piensa primero en la distribución de rentas antes que en el crecimiento competitivo, sostiene que la inversión y gasto públicos per se generan productividad, y apuesta a incentivos al consumo de corto plazo antes que al desarrollo económico de largo aliento.

 El populismo económico cree que dividiendo la misma pizza en más pedazos esta crece automáticamente, su afán principal es distribuir rentas surgidas en una bonanza externa pasajera, como es el caso boliviano. Ante el frenesí distribucionista,  los riesgos de la inflación, de un financiamiento público deficitario y de problemas externos quedan en un segundo plano, rendidos frente a la magia de rentismo.

 En el caso boliviano, desde el 2006, el Gobierno, debido un contexto externo de precios de los recursos naturales fabuloso,  ha podido administrar varias rentas. La gasífera fue distribuida entre gobiernos locales y grupos sociales vulnerables a través de diferentes tipos de bonos (Dignidad, Juancito Pinto y otros). La renta minera fue transferida a empresarios y cooperativistas a través de una legislación impositiva laxa.  La renta del narcotráfico también fue dirigida a ciertos grupo sociales para crear lealtades políticas. Esta gestión de rentas la podríamos calificar como clásicas.

 Entre tanto,  una característica muy particular del populismo económico boliviano actual fue la creación y distribución de rentas comerciales a través del congelamiento del tipo de cambio nominal (el precio del dólar en la calle), y de la apreciación del tipo de cambio real; es decir, a través del populismo cambiario que hizo que los bienes locales sean relativamente más caros para los extranjeros, disminuyendo las exportaciones no tradicionales y que los productos extranjeros sean relativamente más baratos para los nacionales, aumentando las importaciones.

 Según el FMI entre el 2006 y 2015, el tipo de cambio real estuvo apreciado en un rango que varió entre 5 y 40%, lo permitió un incremento significativo de las importaciones, que de 2.000 millones de dólares en el 2006, subieron a mas de 10.000 millones en el año 2014, auge de la bonanza. Si a esto incluimos un estimativa de contrabando modesta de 2 mil millones, superamos los 12.000 millones de verdes.

 De esta enorme  renta comercial, directa e indirectamente, viven más de 2,5 millones de personas en edad de trabajar. Aquí se encuentra la nueva burguesía comercial, una buena parte de la clase media emergente y un mar de trabajadores informales.

 El incremento de las importaciones, en gran medida, aunque no exclusivamente, se financió con la inversión y el gasto públicos que introdujo mucho dinero a la economía, generó un efecto multiplicador que se destinó a la compra de bienes y servicios externos y, sin duda, ayudó a reactivar el aparato productivo pero de China, Brasil, Chile o Perú.

 Por supuesto que en este circuito comercial se generó movimiento económico que creó empleos, sobre todo en el sector informal.  También, el tipo de cambio real apreciado, ayudó a bajar la inflación apoyándose en el componente importado de esta.  Inflación más baja mejoró también el ingreso de la gente.

 Lo paradójico del populismo económico boliviano es que para enfrentar el neoliberalismo aperturistas de los años noventa, uso un discurso endogenista y nacionalista, pero en la práctica abrió mucho más la economía y abrazó con más ahincó la globalización comercial.

  Al igual que en el pasado, los perdedores de este proceso de apertura, comando por el mercado y la informalidad fueron los productores nacionales que enfrentaron importaciones baratas y contrabando.

 Pasada la bonanza de los precios internacionales, la burbuja de consumo sigue inflada, continúa el auge del crédito barato y persisten los incrementos de los precios de los activos (piénse en el sector construcción). Pero, ahora, el éxito económico  se financia con pérdida de reservas internacionales, que ya están por debajo de 10 mil millones de dólares, déficit público elevado, cinco años consecutivos, y aumento de la deuda externa.

 El populismo económico confunde riqueza de corto plazo con desarrollo económico, pero la fiesta del consumismo no puede parar, nadie quiere ver estos síntomas de agotamiento del modelo. No se acepta que el populismo cambiario está provocando un daño irreversible al aparato productivo nacional y a los exportadores no tradicionales. Pero la música está tan alta y el baile tan animado, y el DJ tan sordo que nadie escucha las advertencias.

Gonzalo Chávez A. es economista.

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