Escribo para que me escuchen

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domingo, 17 de junio de 2018 · 01:05

Escribo para que me escuchen. Escribo para dialogar con el presente y el porvenir. La palabra trazada deja memoria en el tiempo. A la palabra hablada se la lleva el viento, especialmente, si éste se origina en Villazón, la patria de los aires pendencieros. La palabra escrita permite que las generaciones del futuro conozcan las ideas del presente.

El acto de escribir es una tentativa de buscar la inmortalidad a través del ejercicio democrático de las ideas. Pocos lo logran. Probablemente a los escribidores de domingo, como su seguro servidor,  se los olvida el San Lunes, pero espero que a futuro los buceadores de la historia y los mineros de datos encontrarán mis columnas en los libros o en las nubes de la internet y con ellas se harán una idea de qué pasaba con el tipo de cambio, la política fiscal o el crecimiento económico pero también descubrirán las cosas de las que nos reíamos, entenderán nuestras preocupaciones sociales y comprenderán los debates sobre política que teníamos a inicios del siglo XXI.

Entre tanto, más allá de buscar el recuerdo imperecedero, escribir es un oficio que da placer porque comunica sin hablar, permite el encuentro sin presencia. Pero sobre todo, escribir para ser escuchado es terapéutico, lava los recovecos del alma, ayuda a exorcizar, en dosis pequeñas y dominicales, los demonios que habitan nuestras esperanzas.

Escribir una columna es sacudirse de las certezas de pacotilla tan presentes en las máscaras del día a día, para cultivar las alas del espíritu crítico. Es una forma de reflexionar con los latidos del corazón más acelerados por la adrenalina que provoca la entrega semanal de una nota. Es un ejercicio de libertad pleno que incomoda a muchos, especialmente a los poderosos de turno.

Ahora bien, escribir es por definición un acto solitario y a veces angustiante, especialmente, cuando a uno lo abandonan las musas de la inspiración. Pero la soledad es más que compensada con su firme presencia dominical, querido lector. Es así que, con sus ojos sobre este papel y sus colmos en apronte, el escribir se convierte en un encuentro, en una acto de complicidad diferida. Escribir una columna es juntar a la gente sin que tengan que reunirse, es convocar a un debate de múltiples voces que se oyen a través del eco de las palabras escritas. Es la presencia de la ausencia, es la presencia de las ideas y las emociones en la ausencia física.

A veces imagino que los domingos, la gente se encuentra en varias esquinas de mi artículo para conversar conmigo, pero también sospecho que brindo asuntos y controversias para que mis amables lectores pueblen sus horizontes. La conversación mediada por la letra permite encuentros muy diferentes, más pausados y meditados. Es como  hablar a través de las viejas radios de comunicación, aquellas que después cuando uno habla, en este caso escribe, y tiene que decir: “!cambio!”, para recibir la respuesta, sólo que el intervalo de la respuesta puede durar días, meses o inclusive años. Transcurrido este tiempo, siempre hay alguien que responde: “Lo que dijiste en tal artículo no me parece, o estoy de acuerdo con tu comentario”. Muchas veces estas son las mejores pláticas, porque están maceradas en los vinos del tiempo, han superado las urgencias de la coyuntura por lo que se convierten en grandes encuentros. Confieso que las redes sociales conspiran contra las tertulias pausadas por eso insisto con esta columna que, justamente, busca ser una vacuna contra la dictadura de la inmediatez.

Escribir una columna es reescribirla hasta que tengan música, porque el mensaje debe ser corto y diáfano. Siempre leo en voz alta la última versión de mis artículos, sólo cuando siento que los tiempos y los compases están sintonizados es que los envío para su publicación.

Escribir es sobre todo esperar, cocinado en los fuegos de la angustia, la publicación del artículo, que es cuando las letras sueltan sus múltiples voces. Como decía Goethe, uno espera anhelante, impaciente y con dolor. Nunca se sabe cómo la gente reaccionará. A uno lo acribillan las preguntas:  ¿Habré expresado bien mis ideas? ¿Puse todos los datos adecuados para sostener el argumento? ¿Se me habrá ido la mano en la crítica? ¿Fui lo suficientemente didáctico? ¿Dije alguna barbaridad? Obviamente es un ejercicio inútil porque las malas o buenas ideas ya están talladas en el papel al igual que la emoción, la alegría y la ansiedad de ser juzgado y criticado. Es tarde, los dardos y dados están lanzados, ya no me pertenecen. Los análisis, los errores, las afirmaciones y opiniones navegan en los mares de la opinión pública.

En julio del año en curso saldrán publicados dos libros que reúnen columnas escritas a lo largo de 15 años. Hoy les comento esta buena nueva y espero que me acompañen en este salto más osado y les pido que vuelvan a oír lo que escribo. He organizado los artículos por fecha. El primero de los volúmenes se concentra en temas económicos y el segundo habla de asuntos más generales, algunos más vivenciales y anecdóticos. En breve anunciaré las fechas de presentación de los dos escritos, espero verlos a todos y todas. Como siempre gracias por su compañía y amistad.  

Gonzalo Chávez es economista.

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