Cartuchos de harina

Juan Carlos Calderón Romero

Juan Carlos Calderón Romero
Juan Carlos Calderón Romero
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sábado, 23 de diciembre de 2017 · 00:07

“La ancianidad no está tan mal, considerando la alternativa”. La frase mordaz de un actor francés le servía a Juan Carlos Calderón para abrir una charla, como respuesta al consabido “¿Cómo estás?” Calderón replicaría con sonrisa cáustica, no obstante su dejo dulce: “Bien, si considero la alternativa”.

Así capeaba, con humor, los aprietos de su edad, con 85 años cumplidos semanas antes de morir.


En un cuadro semejante (que retrata al juguetón –e irritable y ateo– serafín que habitaba en su alma, apasionada por la ópera), en los últimos meses su columna no sostuvo ya su menudo cuerpo ni con ortopedia; entonces, como para darle ánimos, pero con manifiesta bobería, inquirí por teléfono cómo se sentía, “por lo demás” (quise decir: fuera de quedar postrado).


Socarrón y sin designio autocompasivo Calderón alegó que la mía era como esa pregunta a la viuda de Lincoln, después de que su esposo fuera asesinado en el teatro Ford de Washington D.C., cuando asistían a ver la obra Nuestro primo americano, Wikipedia dixit. Calderón ensayó su inglés de modulación cerrada, remedando a un peregrino y limitado paisano de la señora Lincoln: “Other than that, Mrs. Lincoln, how did you enjoy the play?” (fuera de eso –del homicidio de su esposo– ¿qué tal disfrutó usted de la obra?). Me sigo riendo, entre mi zoncera y su picardía.


Conocí a Calderón de verdad los últimos lustros de su vida. En mi niñez, cuando mi familia (abuelo, mamá y nieto) vivía en la calle Pedro Salazar del barrio de Sopocachi de La Paz, del balcón de nuestro departamento alquilado se veía la casa vecina con un garaje en el que entraba un solo vehículo y una construcción estrecha en el fondo.


En ese fondo, Calderón –que habrá tenido unos 40 y tantos años– tenía su estudio con un ventanal como parte del techado. Recuerdo observarlo con arrobo –del balcón se delineaba su cabeza de peinado a un lado, el contorno de su rostro y su mesa de dibujante– por el orgullo derivado de la insistencia familiar en que ese talento venido de fuera era nuestro pariente. Es viejo truco de las clases medias bolivianas sujetarse a todo blasón o artefacto que se le parezca para soportar la depre, la frugalidad y la carencia de triunfos.


Calderón vivía, compartiendo una casa heredada, con la familia de su tío materno, Javier Romero, un hombre benigno, delgado, canoso y bien plantado, que dejaba su jeep verde Land Rover en el parqueo cuyo rincón era el estudio de Juan Carlos. La casa fue, contaba Calderón, hechura de una de las tías que trabajó como funcionaria de la Renta. Ni los dones del exitoso arquitecto permitían a esa familia extendida remontar la austeridad, si bien sin urgencias.


Calderón fue huérfano de madre. Su madrastra fue una de las nietas del Gral. Eliodoro Camacho. El trato tierno que la señora Camacho y sus hermanas prodigaron a Calderón –en una niñez que en parte pasó en el viejo castillo de los Camacho en Miraflores– lo hizo devoto del líder liberal paceño, prisionero de los chilenos en el Alto de la Alianza. Por gratitud con los Camacho y lealtad a ese pasado de personajes que edificaron un país atacado por todos los trances, Calderón siempre defendió el patriotismo de Camacho. Fue detractor iracundo del facilismo de tesis como las de la película Amargo mar.


Calderón contaba, apesadumbrado, cómo en su departamento de la plaza Isabel la Católica recibió la llamada de una amiga que le pedía confirmar que el castillo de Camacho no era ya parte del paisaje.

Fue demolido una noche, de ocultas, como nuestro pasado. De ahí que suenen sosos los homenajes de quienes consintieron pesares parecidos al arquitecto al que, sin embargo, celebran.


Calderón peroraba porque la obra de su predecesor, Emilio Villanueva, en la Avenida Busch, fuera desdibujada por el teleférico. Para no mencionar los tótems que vigilarán la plaza Murillo o su efecto en los vitrales, y en la luz interior de las naves de la catedral; o las sombras que –como metáforas de concreto– signarán la plaza. Ni hablar de la desaparición de la Pérez Velasco, a cambio de un grotesco de hormigón.


Calderón fue hijo de tiempos idos, en lo bueno y lo malo; por ejemplo, en su incomprensión de las evidencias y bondades de un país igualitario. Como aquí machacamos que todo tiempo pasado fue peor, será cada vez más arduo desentrañar cómo es que la malignidad sin par de los ancestros legó atributos como los de Juan Carlos.


Calderón fue también epigramista, admirador del poeta persa Omar Kheyyam, quizá como ecos de su vida en Oklahoma y California, donde Kheyyam tiene tantos cultores. Este año, eludiendo la autopromoción, Calderón publicó un pequeño folleto: Horrorismos y poetastrerías, título en el que su socarronería vuelve a escena. Allí Calderón escribió, con guiños a su poeta persa: “Luna de mi deleite que no declina / luna celeste de fulgor ascendente / con qué frecuencia te observarán buscando / en el jardín por mí y vanamente.”


Vive en nosotros, querido Juan Carlos.

Gonzalo Mendieta Romero  es abogado.
 

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