Maestros de un solo (y bien puesto) tuit

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sábado, 17 de febrero de 2018 · 00:04

Este artículo nace por el raudal de -flojos- tuits presidenciales, aquí o en Estados Unidos, sólo superados por los de esos políticos (?) cuya militancia auténtica cabría en una sacristía barrial. También esta columna se debe, agradecida, a las peloteras en las redes entre personajes menores como uno (activistas, periodistas, opinadores). Todos, imbuidos de la jactancia de quién expectora la máxima ocurrencia, el escarnio último, la sentencia final. Y con la certeza del que cree que en Twitter o Facebook se juega el continente en Waterloo o la Confederación en Yungay.

 El dardo verbal ha sido por siglos utensilio parlamentario, del foro o la prensa. Pero ningún polemista pensaba que cada frase debía ser el clímax de la zumba, el ingenio o la mordacidad, como hoy en las redes. El ácido se añejaba en barricas, esperando ocasión para descargarse. Ahora, sobran derrames, injuria y desplantes; cheques sin fondos del Banco de la agudeza. Revisite su Twitter para comprobarlo, incluso (¡ay!) con sus amigos.

 Para no caer en el mero empellón en las redes, primero no hay que pretender crónicamente la picardía de Churchill. Por ejemplo, a Tuto Quiroga le han sentado estos años en el desierto. Antes, sus rimas y juegos de palabras resultaban del plan de ser siempre ocurrente; desechado ese plan, se ha tornado más hábil. Mientras, Evo padece la muletilla de las rimas. Al grado que -puesto a elegir, bajo tortura- prefiero su arenga antiimperialista. 

 Recién el Presidente permutó asesor por agresor para zaherir a Heraldo Muñoz. Tal vez fue a sugerencia del mismo “preceptor” del MAS, responsable del 21-F de 2016. Sólo un genio así presumiría que porque asesor y agresor poseen igual terminación, permutarlos equivale a tener chispa, esperando aplausos.

 Ese afán actual por la expresión inútil contrasta con la economía de palabras clásica. Hablo, para el caso, de la socarrona concisión que nos legó el adjetivo “lacónico”. Filipo II de Macedonia profirió ampuloso que los espartanos debían someterse rápido, pues si llevaba su ejército destruiría sus granjas, los asesinaría y arrasaría. Los espartanos contestaron con un tuit monosilábico, venenoso, altanero y condicional: “Si” (en boliviano ocuparía tres sílabas: “si es que”). Nada de mentadas de madre, vómitos al currículum del interlocutor o alusiones -con una ineptitud que desgana- a si su jefe es jefazo o Godzilla.

En las redes, en vez de macerar su inquina, muchos presumen que toda ponzoña da igual. Tan no da igual que el exobispo Talleyrand afirmaba descarado que Dios nos dio la palabra para disfrazar el pensamiento y, añado, no para cansar al prójimo con cualquier gansada.

A quienes construyen un nombre en las redes al costo de invertir horas atendiendo sus celulares como a amantes moscovitas, les iría mejor conteniendo su impulso de respuesta instantánea. Eso, sin esperar tanto como ese personaje de Padura. El que, al morir, en otra oración de un solo tuit: “tenía el dolor de no saber si se había equivocado… o si lo habían engañado, que era peor” (un buen epitafio de la revolución cubana, pienso yo).

Para evitar la ofensa fácil, no hace falta que los adictos a las redes desentierren la Regla de San Benito (siglo VI) o los Ejercicios espirituales (siglo XVI), que advierten los males de la palabra ociosa. Tampoco precisan esas desusadas admoniciones, para las que se peca más con la lengua -la palabra- que con los oídos o la vista. La religiosidad de los abuelos encajaría pomposa sólo para ahorrarse enunciados sin chiste en Facebook. Además, hoy ser agnóstico es in, como Vargas Llosa o Pablo Iglesias, idénticos en esa fe, el pasaporte y la vanidad.

En Bolivia, un antídoto contra la mera brusquedad en las redes sería rememorar mejores días de la historia nacional. Como cuando Marcelo Quiroga repelió el ataque de un ministro de Barrientos, en los años 60. Entrevistado por el periódico Presencia, Marcelo replicó: “¿Dice usted que el señor Diez de Medina ha declarado algo? Entonces, seguro que no tiene importancia”.

Un maestro de un solo tuit.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.

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