Cartuchos de harina

Si nuestro futuro fuera el presente argentino

Si nuestro futuro fuera el presente argentino
Si nuestro futuro fuera el presente argentino
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sábado, 12 de mayo de 2018 · 00:08

Estaba por tirarle en esta columna unas líneas plañideras sobre el estado de nuestra rebautizada (ex)república y la misión imposible de asistirla. Esa pesadilla me asaltó el viernes a las 03:00,  pero sin final suicida. Es que tuve la precaución de no escuchar la canción de Charly García que en ese horario narra tres detonaciones: bang, bang, bang.

La cosa es que visité Buenos Airespor unos días. Y anduve  pensando si la Argentina de hoy no es una muestra siquiera parcial de nuestro futuro. Con un gobierno precarizado –sea del MAS o no– y encargado de los ajustes económicos, sin la disposición social para eso. Encima en una sociedad enfrentada, sin que nadie entienda un sorete cuál es su remedio.

En Argentina rige la incertidumbre cambiaria con una neurastenia mayor al estándar porteño. A la vez hay una tímida, pero creciente nostalgia por el costoso Estado de bienestar kirchnerista, si bien no por su latrocinio. El número de los que duermen en las calles es igual un síntoma sombrío. Nada así está tan a la vista en la ciudades bolivianas.

En apariencia, Argentina había dejado atrás el modelo K, primo del masismo. Pero sólo la frivolidad puede pasar por alto los odios de clase, los estereotipos de una sociedad dividida, la falta de futuro y el mal agüero que su presente exhala. Sus fracturas persisten, como las nuestras.

Hay que cuidarse por eso de idealizar la vía argentina como hacen los fervorosos, para los que la historia acabará en la jura de un nuevo gobierno. Por de pronto, no se ve delante la coalición política y social capaz de conducir Bolivia con aire suficiente, al igual que en la Argentina de hoy. Hacia atrás, escrutar la historia argentina es para usar barbijo por las secuelas de su grieta nacional. La historia es cíclica, así que siempre se puede estudiar el pasado, aunque nadie aprenda de él.

Esos vericuetos me guiaron de nuevo a Ernesto Sabato, un escritor no sospechoso de militancia peronista. Él estaba de moda cuando los videojuegos no eran pasatiempo favorito de los niños, ni de los políticos. Como otros intelectuales, Sabato fue crítico de Perón, pero en su caída vio augurios del padecimiento argentino posterior. Aunque de manera violenta, como no ocurrió en la última sucesión presidencial, en 1955 se produjo en Argentina la “revolución libertadora” que expulsó a Perón del poder.

Sabato escribió:  “Aquella noche de septiembre de 1955, mientras los doctores, hacendados y escritores festejábamos ruidosamente en la sala la caída del tirano, en un rincón de la antecocina vi cómo las dos indias que allí trabajaban tenían los ojos empapados de lágrimas. Y aunque en todos aquellos años yo había meditado en la trágica dualidad que escindía al pueblo argentino, en ese momento se me apareció en su forma más conmovedora”.

“La mayor parte de los partidos y de la intelligentsia, en vez de intentar una comprensión del problema nacional y de desentrañar lo que en aquel movimiento confuso había de genuino, de inevitable y de justo, nos habíamos entregado al escarnio, a la mofa, al bon mot de sociedad.”

Sabato cerraba la idea arguyendo que lo suyo no era sentimentalismo u olvido de las persecuciones del peronismo, el insulto cotidiano, los robos y la división entronizada para reinar. Claro que nadie le dio bola, aunque todavía se adviertan  parecidos despioles a los que pintó Sabato hace 60 años.

Y tal vez mi amigo Ramón tiene razón en que pese a las líneas históricas comunes de Argentina y Bolivia (peronismo y movimientismo, dictaduras, liberales, caída estruendosa de presidentes en 2001 y 2003, Evo y los K, etcétera), nuestra composición es tan disímil que queda forzada toda comparación de la evolución política de ambos países. Si es así, podemos ir en paz. Los inmigrantes napolitanos –apelo a un inicuo estereotipo– de la Argentina asegurarán que su rumbo sea más pagano, cruel y desmedido que el nuestro.

No obstante, a las 03:00, el insomnio me devuelve a los paralelos entre esos bisnietos de napolitanos y los andino-amazónicos con los que a veces me río y, otras tantas, no.

Gonzalo Mendieta Romero es abogado.

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