Alias Agatha

El “imperio de los minis”: ¿invencible o transformable?

viernes, 02 de junio de 2017 · 12:00:00 a.m.
El viaje inicia con la subida al carro en media cuadra. Probablemente, con una ronceada anticipada y varios bocinazos de por medio. Si hay suerte, se tienen los asientos delanteros para iniciar el recorrido. De lo contrario, tocan los de la parte posterior. Estos últimos garantizan incomodidad. Dolor de rodillas en los puestos del fondo, dolor de espalda en aquellos que se han inventado quienes manejan los vehículos. Las madres con hijos o las personas de la tercera edad son quizás las más afectadas. 

La incomodidad no es el único problema. La velocidad excesiva en el trayecto y las deplorables condiciones de las máquinas, muchas candidatas a chatarra, afectan la seguridad de los pasajeros. A ello, se suma el usual maltrato de los conductores. Varios se privan del saludo o del gracias, porque están concentrados en bloquear la vía mientras intentan conseguir más pasajeros. Otros, paradójicamente, evaden a estos últimos, muchas veces niños estudiantes, porque el pasaje que cobran es más reducido. 

Además, por si fuera poco, privan del tránsito vehicular a La Paz y El Alto, cuando deciden entrar en paro. Este es el imperio de los minibuses, consolidado a través del tiempo, incluso frente a la llegada del  Puma  o de  Mi Teleférico. Con tales innovaciones se pensaba que habría un cambio positivo entre los "minibuseros”. Pero no, la situación parece haber empeorado. ¿Cómo imaginar lo contrario? ¿Cómo hacer que este sistema de movilidad urbana mejore?

Para responder estas preguntas, considero importante tomar en cuenta el aporte de Anthony Giddens (1998) con su teoría de la estructuración. A partir de ésta, planteó que la acción social es producto de una relación dual y activa entre la estructura (nivel institucional) y la agencia (los sujetos). Por ello, si se quiere generar un cambio en un orden social determinado se debería trabajar en ambos "frentes”. Esa podría ser una alternativa para transformar el citado "imperio”.
  
¿Por qué los mismos pasajeros que incumplen con normas y paradas en el tráfico cotidiano de los minibuses actúan de manera diferente cuando se trata del Puma o del teleférico? 

Probablemente, porque existe una estructura establecida por estas compañías de transporte público que incitan a un comportamiento ordenado y educado en los usuarios. Algo diametralmente opuesto ocurre con los minibuses. Un sistema que ha institucionalizado el desapego a las normas de tráfico y ha creado su "propia institucionalidad”. 

Para transformar ésta, son las entidades macro sociales que deberían actuar. Principalmente, la oficina de Tránsito, que depende de la Policía Nacional. Pero también el Gobierno Municipal, cuya política de cultura ciudadana nos ayuda a sobrevivir el caos, pero no a resolverlo. 

Ambas instancias podrían presionar a aquellas que dominan el "imperio” actual: los sindicatos de minibuses. Sin embargo, el reciente paro organizado por estos últimos muestra que tienen capacidad para rebelarse frente al orden que pretende ejercer el gobierno municipal. Ergo, no basta con el control del nivel macro social, sino también del micro social. Es decir, de los agentes, de los ciudadanos, de nosotros, los pasajeros. 

"La repetición de los actos de los agentes individuales reproduce la estructura. Esto significa que existe una estructura social -tradiciones, instituciones, códigos morales y maneras establecidas de hacer las cosas-, pero también significa que estas pueden ser transformadas cuando las personas empiezan a ignorarlas, reemplazarlas o reproducirlas de manera diferente”, afirma David Guntlett (2001) en su lectura de la teoría de Giddens.  

¿Cuántas veces los pasajeros, que nos quejamos permanentemente del sistema de minibuses, contribuimos en el desorden del tráfico vehicular? Parar a media cuadra, subirse al carro en media calle, bajar sin que el vehículo se haya arrinconado adecuadamente, son sólo algunas de las acciones que contribuyen a reproducir la estructura dominada por el "imperio minibusero”. 

Si queremos que esta situación cambie, debemos empezar a actuar de otra manera. No creo en la consigna de no tomar los minibuses, en son de protesta, pues para la mayoría es una tarea ciudadana casi imposible. Tampoco creo en  eliminar este sistema, pues es consecuencia de una demanda laboral, que no podría ser satisfecha en el corto o mediano plazo. Pero creo en la posibilidad de transformar este sistema, en pro de la ciudadanía. Y para hacerlo, trabajar desde la estructura hasta la agencia. 

Guadalupe Peres-Cajías es  docente universitaria y especialista en investigación en comunicación.