Alias Agatha

Nalli, un ejemplo de vida

viernes, 08 de septiembre de 2017 · 12:00:00 a.m.
  
Un medio día de verano. Plaza principal de Sucre. Dos hermanas visitaban la capital, aunque moraban en Yotala. Pizzería Napolitana. Parada obligatoria en el día para los helados y en la noche para la cocina italiana. Al ingresar, una mirada tierna y amable -como la de un abuelo contento- las recibe. "Las súper” les dice, aludiendo a este modismo juvenil paceño. 

Mientras acaba su café, las adolescentes piden sus barquillos.Luego, salen juntos los tres. El dueño se despide con una sonrisa y le dice "Chau Paolo”. 

Hace dos días, similar frase repetimos quienes lo conocimos, aunque ahora con nostalgia y tristeza. Despedimos a un ser que marcó la historia artística de Bolivia. Giampaolo Nalli ha partido, aunque su obra y los frutos de la misma seguirán vigentes. 

Hoy, mi columna es en homenaje a este ejemplar gestor cultural y amigo de Bolivia. 
 
Fue el hilo conductor del proyecto teatral contemporáneo más importante e influyente de Bolivia (el Teatro de los Andes). Llegó a inicios de los 90, de Italia, junto a César Brie y Naira González.
 
Juntos fundaron esa compañía y la pusieron en marcha, a pesar de las resistencias de algunos
locales. 

En enero de este año, sin César ni Naira, él junto al grupo vigente y varios artistas que se vieron influenciados por "Los Andes” celebraron 25 años de vida artística. 

Paolo siempre firme, siempre coherente, siempre consecuente. 

No es casual que mencionara alguna vez su vínculo personal con Toni Negri, el famoso y controversial filósofo italiano neomarxista. Ambos compartían el ideal de la transformación social y política en "nuevos modos de institucionalidad” (diría Negri) y a través de un "cambio más profundo en las personas” (diría Nalli).  

Ese lugar para Paolo fue el teatro. Antes de incursionar en este escenario, se dedicaba a la política, como le contó a la radio "Tropofonía” en mayo de 2010. "Por el año 68 y 69 (aunque luego) he decidido que era importante que para cambiar las cosas, hay que cambiar algo más profundo en las personas. No es suficiente cambiar la estructura económica o social”. 

En esa misma entrevista aclaró que el teatro no es algo que va a cambiar el mundo, ni que tiene la necesidad de plantear slogans políticos. "Eso puede cansar” afirmó. Más bien, planteaba que el arte de la dramaturgia debía sembrar duda y con la duda, nuevas formas de hacer lo social. 

Para ello, consideraba necesario (y fue una apuesta del grupo a lo largo de su historia) tener un "lenguaje escénico popular”. Es decir, que en la población chuquisaqueña de Yotala -donde presentaban muchas de sus obras-, Brasil, Italia o en Estados Unidos, ciudadanos de distinta procedencia social y cultural pudieran entender los contenidos planteados, aunque ciertamente su interpretación fuera distinta.

Así, tanto en el fondo como en la forma de hacer teatro, Nalli era consecuente con su filosofía política y social. Una filosofía que además lo acompañaba en su día a día, cuando saludaba y hablaba a todos por igual y en su trabajo cotidiano en el teatro, donde hacía "todo lo que hay que hacer… menos actuar”. Trascender la ideología a la cotidianidad es algo que pocos pueden sostener, él lo hacía. 

Quizás por ello, afirmó al periódico El Deber que lo más importante que le habían dejado a los artistas, que pasaron por "el Teatro”, "fue que les enseñamos una ética de trabajo”. Una ética atravesada por la disciplina, la responsabilidad y el compromiso detrás de una pieza artística. Pero a su vez, una ética fundada en la solidaridad, la generosidad y el respeto al otro. 

Por todo eso, Nalli es un ejemplo de vida a recordar y a imitar. 

Hasta siempre Paolo… "la súper” menor.  

Guadalupe Peres-Cajías es docente universitaria y especialista en investigación en comunicación.