Alias Agatha

Trump: la política del miedo

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viernes, 29 de junio de 2018 · 00:10

“¿De dónde eres?”, pregunta una voz masculina adulta. “De Salvador”, “De Guatemala” responden dos voces infantiles asustadas. En el fondo, el llanto desconsolado de otro niño pretende ser calmado sin éxito. “Papá” dice entre sollozos. Una cuarta voz, también menor, cruza el audio “¿Y mi mami va a venir lo más pronto posible para irme con ella?”, pregunta. El silencio responde. 

En este audio, recogido de una de las instalaciones de la Patrulla fronteriza de Estados Unidos y difundido por la BBC, se ilustra el sufrimiento de los más de 2.000 niños que fueron separados de sus padres, en el marco de la política migratoria “Tolerancia cero”, aprobada por Donald Trump. 

Como este registro, la desgarradora imagen de una menor de dos años, procedente de Honduras, capturada por J. Moore para “Getty Images”, permitieron visibilizar la dolorosa condición de los migrantes deportados y la inhumana práctica de ser separados de sus hijos, sobrinos y nietos pequeños. 

Así, se logró despertar la conciencia colectiva -dentro y fuera de Estados Unidos- que permitió que esta política cesara, momentáneamente. Sin embargo, aún cabe analizar ¿cómo el presidente estadounidense pudo implementar una política tan perversa e inhumana? 

Como Z. Baumann y L. Donskis (2015) lo advierten en Ceguera moral. La pérdida de sensibilidad en la modernidad líquida, la “obsesión por la seguridad” en la ciudadanía del siglo XXI está condicionando el progresivo desarrollo de una cultura del miedo, fortalecida por una política de la misma condición, que fragilizan el lazo humano y marginan a la diferencia. Esto es precisamente lo que hace la administración de Trump al profundizar en la criminalización de los migrantes para fortalecer el miedo entre los “nativos” norteamericanos y legitimar su posición política. 

“La ‘extrañeza’ de los extraños está condenada a hacerse más profunda y a adquirir tonos aún más oscuros y siniestros, que a su vez los descalifica aún más radicalmente como interlocutores potenciales en un diálogo y en la negociación, de un modo de coexistencia mutuamente seguro y agradable”, indicaba Baumann en el citado texto. 

Muestra de cómo los migrantes -particularmente latinos- son construidos bajo este concepto, en la administración Trump-Pence, es la reciente inauguración de “VOICE”. La Oficina para Víctimas de Crímenes Migratorios (en español) atiende a las “familias ángel”, como las denomina Trump, para que denuncien agresiones de ciudadanos “no nativos”. Se argumenta que estos últimos son los principales responsables del crimen en Estados Unidos, ergo, de su inseguridad. 

No obstante, distintos institutos de investigación, como el Cato Institut, de Washington, han informado que la tasa de condenas criminales para inmigrantes fue 85% menos que para los ciudadanos nacidos en Estados Unidos.

Pero para Trump, “los extraños” son el problema. Reafirma esta idea al tildar a los integrantes de la Mara Salva Trucha (MS-13) como “animales”, fomentando en ellos su deseo de desatar violencia e incitando a que el miedo crezca en la población, como afirma el criminólogo C. Katz de la Universidad de Arizona.

Para muchos  se justifica la nominación desproporcionada a los jóvenes que forman parte de esa agrupación. Sin embargo, cabe recordar que esta fue iniciada en la década de los 80 en Los Ángeles, como una de las tantas consecuencias perversas de la crisis centroamericana, fomentada precisamente por el Gobierno estadounidense de ese entonces.

Además, hay que considerar que éstos no fueron los únicos “bautizados” por Trump con etiquetas  insultantes. Además de referirse con “países de mierda” a Honduras y Haití, en más de una ocasión ha indicado que los ciudadanos que llegan de la frontera con México son los “bad men”.

Prueba de ello es su reciente tuiter que indica: “Queremos fronteras fuertes y seguridad, mientras los demócratas quieren fronteras abiertas=crimen”. Así, reafirma la representación de migración como sinónimo de inseguridad en búsqueda de legitimar su desproporcionado accionar. 

Por ello, si el miedo pudo conducir a la fatal situación de los niños aún encerrados y alejados de sus familiares, ¿podrá la ciudadanía del siglo XXI seguir creyendo que la inseguridad es el principal problema social y que esta es responsabilidad exclusiva de los extraños? 

Espero que no.
 
Guadalupe Peres-Cajías es docente e investigadora en comunicación social. 

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