Trump, el huevo de la serpiente

martes, 22 de noviembre de 2016 · 00:00
Cuando nació el fascismo en Alemania, muy pocos intelectuales pudieron mirar la catástrofe moral que llegaba. Quizá sea posible entender esa ceguera imaginándola como la negación del espejo. ¿Cómo mirarnos en el espejo si nos devuelve el terror de nosotros mismos?

 Hoy, ante la imagen del nuevo presidente de Estados Unidos, está sucediendo algo equivalente pero no sólo como ceguera moral sino como obsesión política. Una significativa parte de los intelectuales gringos que encuentran la fuerza para pensar a Trump más allá de la vergüenza de sí mismos, sigue confiando en su tradición democrática. Trump es una desgracia, dicen, pero es una desgracia pasajera aunque vaya a tener consecuencias terribles. Trump es una vergüenza, confiesan, pero no cancela la honra de la tradición democrática.

 Creo que no. Creo que Trump es la semilla del apocalipsis, la semilla de un país de zombis. Pero, claro, un país de zombis dueño de la bomba atómica, sea cual sea el nombre que ahora tiene (cambio climático, racismo global, misoginia legitimada, migración forzada, trata y tráfico). O en términos de cierta historia europea que parecía vieja y superada, Trump es la semilla del fascismo, del fascismo globalizado.

 Nueva York y California, en Estados Unidos,  condensan, simultáneamente, muchas cosas: la transformación del trabajo industrial en trabajo del conocimiento; la conversión de una economía ensimismada en una economía global; el paso de la mestización bajo el modelo del hombre anglosajón a la diversificación étnica; la verificación de la desigualdad social y, por consiguiente, el inicio del ascenso a través de las artes, del diseño, de la creatividad, ya no del trabajo manual.
 
Lo delicado del asunto es que Nueva York y California son Estados Unidos del nuevo siglo, pero viven ciegos ante su espejo: los obreros empobrecidos, los supermercados de barrio, el hombre blanco muy blanco y muy provinciano, el auto Ford, el hijo que no puede entrar a la universidad de la capital. Nueva York y California son el país antiesclavista en esta nueva guerra civil contra los conservadores esclavistas; claro que, en esta guerra del siglo XXI contra el siglo XX,  150 años después de la guerra de secesión, el norte acaba de perder la batalla de Gettysburg.

 El Washington de Obama era Estados Unidos entrando al siglo XXI. Hoy Trump ha invadido Washington porque aquella Iglesia de la tradición política ha renunciado a defender la tradición conservadora del siglo XX, la tradición del destino manifiesto del imperio. (Claro que para el mundo del sur, destino imperial de gringos ilustrados a lo Clinton y fascismo de gringos ignorantes a lo Trump apenas tiene el matiz de los buenos modales). Durante los últimos años el abismo entre las élites ilustradas y los blancos imperiales creció y se profundizó al grado de hacerse insuperable. Por eso los blancos imperiales votaron por alguien que prometió vetar la migración musulmana, por alguien que niega el cambio climático, por alguien que prometió convertir   la tortura en política oficial, por alguien que quiere obligar a México a construir un muro y pagar por él. Porque esperaban a alguien que les haga creer y sentir que su destino imperial era, además de necesario para el mundo, deseable para su propia entraña fascista.

 El nuevo Ku Klux Klan apoyaba a cualquier racista, a cualquier xenófobo, a cualquier misógino. Es lo que creían pero no lo podían decir. A partir de hoy ya es posible. Pueden salir a la calle y decir que odian a los musulmanes y a los latinos, que los afroamericanos son seres inferiores, que las mujeres son objetos de placer. El presidente electo les ha dado permiso porque lo ha dicho, porque expresa lo que sienten.

 Los blancos campesinos, obreros industriales en una sociedad postindustrial, trabajadores de servicios de clase media baja, ven sus trabajos exportados a México o al Asia, sus creencias machistas ridiculizadas, su sensibilidad de bachiller consumidor de reality shows denigrada por los cosmopolitas de  los campus universitarios, sus parroquias provincianas fundamentalistas degradadas a exótico turismo de la fe. Ése fue el caldo de cultivo propicio para el huevo de la serpiente fascista que promueve la revancha de los últimos hombres blancos.

El fascismo hoy es legítimo en Estados Unidos. Y si esta avalancha continúa en Europa, el fascismo habrá reconstruido su legitimidad.

Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.
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