Nada es lo que parece

El circo de la Colonia

viernes, 20 de enero de 2017 · 12:00:00 a.m.
Dakar es la capital de Senegal, una colonia francesa que se convirtió en el mayor centro moderno del tráfico de esclavos. El Rally París-Dakar se creó como un "homenaje” a la travesía que tenían que pasar los esclavistas franceses para llegar desde París hasta ese puerto. Cómo podría entenderse, entonces, que el presidente Evo Morales, el descolonizador, afirme: "Estoy muy contento, ahora puedo decir con mucha fuerza que el Dakar es patrimonio de la humanidad.
 
Hace olvidar los problemas”. O que su comisario, Juan Ramón Quintana, diga que la presencia del Rally Dakar "es una derrota moral para los Pizarros modernos”, que sirve para que Bolivia supere "180 años de vaciamiento del alma nacional porque es un acto de descolonización”.

El año 2005 surgió desde Francia una denuncia de 24 organizaciones no gubernamentales que suscribieron un manifiesto pidiendo la supresión del Rally indicando que era "un rodeo publicitario en el continente de la pobreza”. Hoy hablar del Rally Dakar en Europa es similar a elogiar la caza de animales salvajes o la energía nuclear: un desarrollo depredador, prepotente y sucio. Y, claro, elogiar el Dakar se convierte en una celebración de la colonización en una época en la que celebrar la condición colonial no sólo es una vergüenza moral sino una estupidez política. Por eso, en el siglo XXI, el siglo de la sociedad del conocimiento, el mundo del norte está redefiniendo el desarrollo pero, paradójicamente, en países acomplejados como el nuestro, el Gobierno nos devuelve a los siglos de la esclavitud moderna y utiliza ese circo para convertirnos en espectadores entusiastas de nuestra propia degradación.

En Bolivia, para añadir comedia a la tragedia y a pesar de toda la fanfarria mediática, el Dakar no es fiesta, el Dakar es circo. Esa diferencia entre la celebración popular y la alienación estatal es sustancial; explica por qué en una fiesta el pueblo participa y en el circo es apenas espectador cautivo. Explica, también, porqué el Supremo sustituye su carencia de niñez y juguetes agitando la bandera de partida, volando en su helicóptero para perseguir a los autos, compartiendo maravillado el fetichismo con esas máquinas de niños ricos, siendo reverenciado por sus "héroes” mecánicos. 

Esa diferencia también explica por qué la protesta por el agua y contra el Dakar fue un triunfo de cuatro gatos que obligó a una ofensiva descomunal del gobierno. ¿Dónde se ha visto que cuatro gatos sean agredidos por cuatro ministros y el Presidente? Quizá porque los cuatro gatos no somos cuatro. Quizá porque el circo estatal es circo pagado y ya no es la fiesta popular que celebra al primer Presidente indígena. Seguramente porque los problemas de pobreza y hambre y mala salud y pésima educación no se consideran tragedias, sino oportunidades de enriquecimiento ilícito.

El Gobierno trabaja constantemente para que la sociedad no transgreda los límites del deseo que el poder le impone. Los deseos socialmente aceptados sostienen el funcionamiento de una sociedad; operan, siempre, en relación a la estructura de la que forman parte y en la cual el individuo se reconoce y reconoce los valores comunes que tiene con sus coetáneos. Por eso, los deseos casi siempre se orientan a lo que es aceptado por los otros individuos integrantes del campo social; el poder traza un límite entre lo que se puede desear y lo que no y ese límite lo define la máquina estatal, reguladora y productora de los deseos. De ahí el interés del Estado por producir un circo masivo. Porque si no controla y produce los deseos sociales, cualquier deseo generado fuera de esa máquina siempre es una amenaza, dado que implica una transgresión a los límites.

Para esconder la muy próxima crisis económica, para disimular la subvención a los agroindustriales transgénicos con la transferencia del dinero de los trabajadores, para ocultar los desastres en salud y educación, el Gobierno ha inventado un circo y lo ha llamado descolonizador. Espera que las transformaciones sociales que están surgiendo a causa de una máquina de producción caduca y de un deseo auténtico que ésta no puede saciar, se diluyan en la contemplación del circo y en la alegría del niño Presidente con sus juguetes. Ya es demasiado tarde. El 21 de febrero de 2016 Bolivia dijo NO. El 21 de febrero de 2017 Bolivia dirá que ya no soporta más este destierro. La patria estará en las calles como protagonista, no como espectadora.

Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.
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