Nada es lo que parece

No hay peor ciego que el que no quiere ver

No hay peor ciego que el que no quiere ver
No hay peor ciego que el que no quiere ver
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viernes, 29 de diciembre de 2017 · 00:06

 Cierto proverbio afirma que hay algo peor que no obtener lo que uno quiere y es realmente obtenerlo.

Los pocos intelectuales del MAS todavía no lo saben; el pueblo sí. Pero ambas fuerzas intuyen que la sustitución de la democracia por la “monarquía” de la reelección indefinida no podrá suceder sin un salto mortal. No en vano, para ciertos socialismos, la liberación es sinónimo de dictadura del proletariado.


 Para esos socialismos, la democracia es meramente instrumental, porque lo fundamental es la implantación de su socialismo por cualquier medio, incluyendo el uso de la violencia. Como, por ejemplo, la violencia “legal” del Tribunal Constitucional, que el 28 de noviembre decidió imponer por la fuerza el “derecho” a la reelección indefinida. Como, por ejemplo, la violencia contra libertades y derechos sancionando la protesta en el nuevo Código Penal.


 El MAS ha dado un salto mortal. El nuevo Estado que nació en la Asamblea Constituyente ahora decide imponer su perpetuación por la fuerza. Sin embargo, los regímenes históricos del socialismo, comenzando por Lenin, creían que la existencia del Estado, como aparato de dominación de clase, era un acto de violencia que justificaba la reacción del pueblo ante esa mera existencia. 


 Robespierre sostuvo, en su justificación del regicidio, que no se tiene que probar que el rey haya cometido ningún crimen específico, ya que la mera existencia del rey es un crimen, una ofensa contra la libertad del pueblo. Si ahora el MAS impone la reelección indefinida y penaliza la protesta, convierte al Estado en su propiedad privada, en su aparato de despotismo de clase. Y queda bajo las advertencias de Lenin y Robespierre. Y de toda nuestra historia política.


 Ahora bien, no es extraño que un régimen autoritario que se imagina absolutista (¿no desearía el Vicepresidente afirmar, como Luis XIV, que el Estado es él?) renuncie al uso público de la razón, que se suponga poseedor único de la verdad. No es extraño que un régimen autoritario renuncie a la democracia. Pero sí es extraño que lo haga en nombre de la democracia.  Entonces, ¿a qué se debe la insistencia del régimen en proclamar su adhesión a la “revolución democrática y cultural”? ¿Es sólo un mecanismo de defensa anticipada ante las advertencias de sus maestros históricos o, más bien, será un mero recurso a la demagogia recomendada por sus asesores del ALBA crepuscular? 


 El régimen del MAS fue ciertamente un régimen autoritario. Pero ahora parece haberse degradado a un régimen esquizofrénico. Seguramente no es el primer caso de esquizofrenia colectiva –todas las tiranías padecen esta enfermedad-, pero quizá sí lo sea en nuestra historia –recuérdese que Melgarejo era una persona, no un régimen-. 


 El esquizofrénico colectivo tiene delirios de persecución (el imperio los asedia), alucinaciones (su líder es un monarca, lo corona regularmente cada 22 de enero y lo seguirá haciendo por los siguientes 500 años) y un marcado déficit cognitivo (está seguro que haber descendido del puesto 108 en el índice de desarrollo humano en 2005 al puesto 118 en 2016 es una mejora notable).


 Nunca fueron un movimiento al socialismo. Hoy ciertamente son un movimiento a la esquizofrenia.

Por eso, para definirlos es suficiente Wikipedia: “Su actitud psíquica se caracteriza por el egocentrismo y el aislamiento, y expresa una pérdida de contacto con la realidad; manifiesta ideas delirantes (persecución, intentos de envenenamiento, influencias extrañas, brujería, etcétera) y trastornos de la percepción (en algunos casos  alucinaciones de tipo auditivo, en las que “oye” voces amenazadoras o críticas). Qué vulgaridad de movimiento.


 (Esta columna de fin de año tuvo demasiada generosidad con los pocos intelectuales del MAS. De socialistas no tienen nada. De estrategas apenas les queda el delirio de persecución imperial. Su discurso y sus medidas son, apenas, un síntoma de esquizofrenia. Esta caracterización de su régimen fue un regalo de Navidad para esos poquísimos. Porque con los otros, con los más del MAS, no se debate, se los ignora).

Guillermo Mariaca Iturrri es ensayista.

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