Los pobres pintados de verde

viernes, 30 de junio de 2017 · 12:00:00 a.m.
En demasiadas comunidades indígenas bolivianas sus pocos habitantes nunca comen lo que necesitan: su dieta de cada día -la misma cada día- está hecha de casi nada: casi nada de proteína, casi nada de aminoácidos. Hasta que llega una sequía o una inundación, demasiados mueren y otros sobreviven hasta la próxima batalla contra la muerte. En esas comunidades se ve demasiado claro lo que pasa con mil millones de personas en el mundo y con el 20% de nuestra población.
 
A fines del año 2009, en la Cumbre por la "Seguridad Alimentaria” de la FAO en Roma, el secretario general de la ONU dijo que el hambre mata a 10 niños por minuto. El cónclave terminó con una declaración que decía que habría que bajar la cantidad de hambrientos a la mitad antes de 2015, pero, como demasiadas veces antes, no daba datos sobre cómo lograrlo: ni un plan, ni fondos  ni caridad. Pero sí, cuando menos, burocráticos rostros preocupados por la inasistencia de los "grandes”.
 
 Sólo estaban Lula y una lista larga de anodinos presidentes de los pobres; ni un jefe de Estado europeo, norteamericano, o asiático de aquellos que sabemos. Ni, para el caso, el nuestro, que supuestamente debía asistir en representación de los millones de indígenas hambrientos. 
 
La cumbre de Copenhague sobre cambio climático, en cambio, recibió a los jefes de los países más contaminantes, que fueron porque tenían que mostrarse preocupados ante los medios y porque eso es lo políticamente correcto, y electoralmente importante. Hay explicaciones posibles: entre ellas, que la contaminación amenaza también a los ricos de los países ricos, mientras que el hambre siempre atenaza a los mismos.
 
 Que el cambio climático podría eventualmente modificar la forma en que vivimos, mientras que el hambre de millones de pobres es, precisamente, la forma gracias a la cual los ricos son ricos. Pero, además, nadie gana mucha plata con el hambre; los que venden comida prefieren vendérsela a los que tienen comida porque son los que comen. En cambio, el mercado que se deriva del miedo al calentamiento es uno de los grandes negocios del futuro, como afirma Martín Caparrós: 
 
"El mercado de los créditos de carbono, que hace 10 años no existía, ya mueve más de 120 mil  millones cada año y crece sin parar. Parece simple: los acuerdos internacionales basados en Kyoto determinan cuánto gas de efecto invernadero puede mandar a la atmósfera cada país firmante, y los gobiernos de los países ricos reparten esa cuota entre sus empresas. Entonces,  las que prefieren emitir más gas para seguir haciendo sus negocios compran ‘créditos de carbono’: derecho a contaminar que les venden las empresas y comunidades que no usan toda su cuota. En teoría, esto sirve para que las compañías que se preocupan por reducir sus emisiones -moderando su consumo, modernizando sus procedimientos- reciban algún beneficio; en la práctica, las empresas despilfarrantes suelen comprar sus créditos a las nuevas compañías especializadas que los consiguen a través de supuestas inversiones verdes en el Tercer Mundo. 
 
El  green business  explota y ya lo están copando los grandes jugadores, las finanzas globales, los dueños de este mundo. Si es así, Fortune calcula que el mercado del cambio climático llegará a un billón -un millón de millones- de dólares dentro de cinco años, y todo por la buena causa. Mientras tanto, el hambre en las comunidades bolivianas persiste y el presidente Morales se declara ecologista de boca para afuera y así estar de moda. Claro que, por lo visto, la lucha contra la pobreza continuará su lamentable camino populista de los bonos. El gobierno del cambio no cambia la pobreza pero se viste de Prada y se maquilla de verde. 
 
El hambre en las  comunidades bolivianas persiste y el presidente Morales se declara ecologista de boca para afuera y así estar de moda.
 
Guillermo Mariaca Iturri  es ensayista.
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