Nada es lo que parece

Parábola del espejo

viernes, 22 de septiembre de 2017 · 00:00
"La democracia es gobernar obedeciendo al pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Su voluntad constituye la base de nuestra autoridad”. Evo Morales se ha convertido en cínico, no griego, claro, sino en un cínico de diccionario. "Desvergüenza   en  el  mentir”, así define al cinismo el diccionario.

 Para el Presidente importa más el cinismo en su discurso que la relevancia de los hechos. Importa más su ambición y la zalamería de sus cada vez menos aduladores, que el registro de sus derrotas.
 
Esa extraordinaria derrota ética del MAS que fue la marcha indígena de 2011; esa notable derrota política del Presidente que fue el referendo del 21 de febrero de 2016. Derrotas que sucedieron porque no gobierna obedeciendo al pueblo.

 No hay peor ciego que el que no quiere ver. ¿Será esta voluntad de ceguera la explicación de la actitud del Presidente ante esas derrotas fundamentales? ¿De dónde viene ese complejo de madrastra de Blancanieves? ¿Cómo es posible que uno de sus acólitos cometa el exabrupto de afirmar que la reelección interminable es un derecho humano? El cinismo ha convertido al régimen en un político ciego.

 Pero la ceguera no es algo que importe demasiado al pueblo gobernado. Las derrotas son derrotas del poderoso; las victorias, en cambio, todavía no tienen dueño. Por esto, la ceguera conducirá al régimen al abismo y el pueblo apenas se conmoverá contemplando esa caída.

 El sonido del derrumbe, en cambio, penetra hasta los huesos. El pueblo no mira el cinismo presidencial, lo escucha. Escucha cómo el ídolo de pies de barro se derrumba discurso a discurso.
 
Pero sobre todo oye cómo la desvergüenza de esas mentiras disuelve la complicidad y corroe el cimiento del poder. No hay peor sordo que el que no quiere oír.

 Los hechos importan, sobre todo a los que tienen hambre y escucharon el evangelio del recién llegado como quien escucha cosas, no palabras. Resulta que sus palabras no eran cosas, eran, apenas, signos sin sentido. Por eso ya casi nadie lo escucha, ya nadie le cree.

 Parado ante su espejo, el Presidente con complejo de madrastra de Blancanieves no se mira, se habla. Espejito, espejito, dime: ¿mi pueblo me quiere, mi pueblo me escucha? El espejo, claro, no responde. Le devuelve, en cambio, su imagen derrotada.

Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.
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