Nada es lo que parece

Evo, no te creo

viernes, 26 de enero de 2018 · 00:06

Cuando se pierde la credibilidad, se pierde todo. Porque en política la credibilidad lo es todo. Por supuesto que los resultados son importantes, las victorias electorales y el desarrollo económico importan. Por supuesto que la transparencia y la calidad del servicio de las instituciones son fundamentales. Por supuesto, también, que la imagen puede contribuir a generar confianza o a camuflar su fractura. Pero los resultados, la institucionalidad y la imagen dependen de la autoridad moral. Por eso, cuando se la pierde, ya no hay vuelta atrás.


 Evo, no te creo, no es un juicio de responsabilidades. Es una condena. Seguramente una de las tareas prioritarias del siguiente gobierno sea realizar un juicio de responsabilidades; al fin y al cabo jamás en nuestra historia republicana se ha visto tanto derroche y tanta corrupción.


  Pero para la ciudadanía eso viene después. Lo primero es lo primero, y lo primero es la pérdida de la fe. Porque la fe es eso de creer que, en última instancia, al final de los finales, nos engañaba, nos estafaba, nos abusaba, pero lo hacía por ignorancia o porque lo engañaban o por complejo de inferioridad o por lo que sea. Pero no por mala fe. Y cuando los ciudadanos sabemos y sentimos que todo lo que hizo, que todo lo que nos hizo, ha sido hecho por mala fe, ya no le creemos.


 Evo, no te creo, no es una afirmación temporal. Es una conclusión definitiva. Cuando la ciudadanía ya no cree en su máxima autoridad es el momento en el cual ha decidido recuperar el poder que delegó en esa autoridad. No se trata, obviamente, de organizar la insurrección contra el tirano, de adelantar las elecciones para derrotarlo en las urnas  o de negociar una ley más o una ley menos. Es algo más profundo. Es saber que todo lo que hizo lo hizo por mala fe. Y, entonces, ya no merece nuestra confianza, nuestra fe. No sólo fueron errores los que lo llevaron a aprobar esas leyes. 


 No sólo fueron manipulaciones las que organizaron los fraudes. No sólo fueron la egolatría y el abuso de poder, y el culto a la personalidad los que lo convirtieron en tirano. Sí, claro, por supuesto todo eso forma parte de su degradación. Pero, reitero, es algo más profundo. Es la pérdida de la fe. Y por eso la gente quiere y lucha, y pide que aquel al que se le entregó la confianza devuelva el poder. No sólo el poder de decidir depositado en el Estado, sino el poder de creer.


 Evo, no te creo. Debe ser lo peor que le puede suceder a un presidente, a cualquier presidente. Que la gente no le crea. Que le dé la espalda. Que lo mire de reojo. Que le pierda el respeto. Que le pierda el cariño. Que cualquiera de sus promesas, de sus discursos, de sus acciones, sean sinónimo de mala fe. 


 Que si nos mira no le devolvamos la mirada. Que si nos saluda no le devolvamos el saludo. Que si nos quiere convencer con canchitas o con miles de “regalos” nos demos la vuelta, sonriamos con un dejo de vergüenza ajena y otro dejo de compasión, y nos vayamos caminando, para volver a levantar la tea que siempre dejamos encendida.


 Evo, no te creo. Qué dolor más grande por la pérdida de esta maravillosa oportunidad. Pero, paradójicamente, qué alegría más profunda. Porque hoy sabemos, una vez más y como siempre lo supimos, que los ciudadanos seguimos creyendo en nosotros mismos. Que nos tenemos fe.

Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.

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