Nada es lo que parece

Alegría, alegría

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viernes, 23 de febrero de 2018 · 00:06

“El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”.

Gramsci no lo dijo precisamente así, pero no importa. Lo que importa es que esa afirmación condensa casi toda la situación que estamos viviendo. Lo paradójicamente fundamental, sin embargo, es que esa afirmación no alcanza a expresar la situación que estamos viviendo.


 Nuestro viejo mundo se muere. Nuestro mundo populista con una larga historia de caudillos muere con la agonía del último caudillo. Enceguecido por su egolatría, impotente por su incapacidad regenerativa, sin herencia y casi sin testamento, está muriendo.


 Pero en su agonía surgen los monstruos. Como ha perdido el poder en todos los sentidos y, sobre todo, en el sentido moral, se refugia en la represión ejercida por sus acólitos que no quieren perder sus privilegios y la gallina gubernamental de los huevos de oro. 


 Se refugia en la ceguera porque no hay peor ciego que el que no quiere ver que la gente, la gran mayoría de la gente, no lo quiere y le ha perdido el respeto. Se refugia, finalmente, en la mentira: espejito, espejito, ¿soy el mito viviente de Bolivia? Sus cuatro monaguillos le dicen que sí y, penosamente, lo momifican en su museo.


 Sin embargo, ni la represión ni la ceguera ni la mentira son los monstruos mayores. La corrupción cada vez más extendida, el narcotráfico cada vez más profundo, el endeudamiento cada vez más estructural, son los monstruos medianos. Los mayores son otros: un desarrollo humano en degradación, una generalizada desconfianza en el Estado, un racismo invertido en crecimiento, una profunda pérdida de fe en la palabra del Gobierno.


 En el claroscuro de la crisis orgánica, ciertamente, han surgido los monstruos. Pero en el costado luminoso de la crisis ha surgido la alegría de la gente común. Y esta alegría es la que hará posible que nazca lo que no acaba de nacer.


 El 21 de febrero de 2018, apoyados en la vieja costumbre de la tradición corporativa del bloqueo, la gente salió en todo el país a expresar su alegría por el reencuentro. Porque de eso se trató. Hubo bloqueo, sí, aunque fuera un bloqueo contra el abuso y contra el robo, y contra la ignominia. Pero el bloqueo trascendió al bloqueo mismo, el bloqueo se transformó en rostros ciudadanos que sonreían ante el reencuentro consigo mismos y con la memoria más profunda de su dignidad. 


 El entusiasmo, la espontaneidad, la convicción, excedieron con mucho las expectativas más optimistas del movimiento ciudadano organizado.


 En la autoorganización ciudadana radica, entonces, la raíz y la potencia de la alegría. Esa alegría que hará nacer lo que no acaba de nacer. La ciudadanía ha salido a la calle y se está tomando el Estado, la legitimidad del Estado en sus propias manos. 


 Por esto, la crisis orgánica de la avejentada política populista no dará lugar a  ninguna variación; el nuevo Estado resultante habrá quebrado los límites de la tradición partidaria de la representación y la infiltrará con una enorme red de decisiones ciudadanas concertadas. Una red fuerte pero al mismo tiempo flexible, “capaz de sobrevivir y autoreparar daños o perturbaciones sustanciales”.


 El manifiesto ciudadano así lo cree: “¿Cómo inundar el Estado de ciudadanos? Fácil, trabajando cada día para profundizar la democracia y al mismo tiempo mirando lejos. Es sólo cuestión de mirarnos en el espejo ciudadano, sonreír, y comenzar a caminar un camino inaudito construyendo un país inédito. 


 Nosotros, los ciudadanos, no pretendemos el poder de sujetar, queremos la libertad de volar hacia horizontes inimaginables. Dirán que hasta los sueños requieren gestión y tendrán razón. Pero responderemos que la gestión de los sueños que liberan deberá ser distinta a la gestión del poder que limita.


 Por eso, con un poco de pasión y otro poco de razón, podremos refundar un círculo virtuoso entre Estado y sociedad, entre representación y participación, entre poder y libertad. Un círculo reunido por nuestra responsabilidad colectiva. Hoy es inimaginable, mañana será vida diaria gracias a la democracia que estamos reconquistando”.


 Alegría, alegría. El movimiento ciudadano no sólo fue con pecado concebido entre todos. Está naciendo a la vida de una democracia profundamente democrática.


Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.

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