Nada es lo que parece

La bandera que rima con fascismo

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viernes, 09 de marzo de 2018 · 00:07

“El Estado soy yo”. La monarquía absoluta del siglo XVII lo creía. Quizá porque podía. Décadas después, iniciada su decadencia, ya no apeló al poder sino al miedo y dijo: “Después de mí, el diluvio”.

Quizá porque ya no pudo. Ya no pudo convencer; apenas podía imponer y reprimir.


Las dictaduras absolutas del siglo XX también construyeron sus cimientos sobre su legitimidad, primero, y sobre el dominio después. Como sus hermanas políticas, nacieron con discursos sobre derechos y se enterraron con las armas de la opresión. Esa tiranía fraternal ha sido, por tanto, aquella práctica política que se asume superior a la democracia, aún si afirma su inicial legitimidad en el voto popular.


Hoy masismo rima con fascismo. Y como el fascismo no sólo necesita de un Estado estafador, también construye una masa servil. “Ahora ya no gobiernan los gringos. Ahora gobiernan los indios”, dice. Debiera decir: ahora gobierna este cocalero, este cocalero fascista sobre una masa de movimientos sociales que ha renunciado a su emancipación como seres humanos, a su lucha contra la alienación, la explotación y la pobreza, y que se ha degradado a la esclavitud de la consigna. Ese remedo de humanidad que pretende arrastrarnos a todos a su miseria: al grito, al insulto, al golpe, al odio, a la venganza, a la reelección permanente.


La rima siempre ha sido un recurso emocional muy poderoso. La afinidad entre un sonido y un sentido produce un aire de familia. Aún si el significado nos es ajeno o nos es distante, la rima lo convoca. Por eso, hoy, yo también la convoco: masismo rima con fascismo. Porque el fascismo otra vez se está convirtiendo en familiar, en el chantaje contra los medios, en el abuso consentido del poder, en la costumbre de la sequía, y comenzamos a convivir de cerca y no sólo a coexistir de lejos con la bestia. 


 Su gesto de linchamientos, su aliento de pólvora, su corrupción, quisieran imponernos el testamento bajo el brazo. O hincarnos ante una bandera que simula mar para todos cuando esa bandera no es mar sino pantomima; esa bandera no es para todos sino para ellos, una bandera que quiere imponernos una palabra unida para llegar a una elección manipulada. 


Porque cuando perdieron ayer, apelaron a la propaganda y a la mentira para quedarse en el palacio a la fuerza; porque cuando pierdan mañana ya no apelarán a nada, simplemente ejercerán la violencia.
Pero el fascismo es, todavía, una rima. El sonido y el sentido de la bestia, no la cadena de los esclavos. Una campana temprana de que la bestia se acerca, nos tira su desprecio en la cara, nos pretende arrodillados. Una convocatoria a una patriotera sensación nacional de que el mar somos todos, cuando el mar es apenas una tela importada, que quizá quede inscrita en el libro Guinness y entonces se revele plenamente su miserable calidad de espectáculo.


Sí, el fascismo es, todavía, una rima. Pero estos años, desde Chaparina, se ha estado transformando de sentido social en cadena de represión. Cuando eso sucede –lo hizo muchas veces en la historia- es la ciudadanía la que sustituye al Estado como “garante” de la promoción y protección de los derechos. 


 En eso consisten la resistencia democrática y la desobediencia civil. Eso requiere, en su otra cara, no ser cómplices de los trucos del fascismo. No prestarse al espectáculo demagógico de una bandera.

No someterse a un discurso patriotero. No hincarse ante un viajecito. Para que el fascismo no se convierta de símbolo del monarca en cadena del tirano.


Guillermo Mariaca Iturrri es ensayista.

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