Nada es lo que parece

El déspota arrodillado

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viernes, 06 de abril de 2018 · 00:07

El delirio de un déspota es gobernar sobre un pueblo arrodillado. Ese pueblo puede ser todo un pueblo y entonces el déspota adquiere la dimensión mítica de tirano. O ese pueblo puede ser, apenas, un grupo cautivo al que el déspota llama “mi gente” o “mi base”. Pero sea ese pueblo o ese pueblito el que sea, el delirio del déspota es el mismo: contemplarlo arrodillado por obra y gracia de su propia resignación.


 De acá, entonces, la paradoja. Todo déspota gobierna a partir de una promesa de liberación; promete al pueblo, a su pueblo, liberarlo de alguna sumisión fundamental. Las cadenas obreras, el pongueaje campesino, la violencia patriarcal, el pecado original, el fetichismo consumista. Mientras mejor definida esté la sumisión, más sólida es la promesa y más fuerte el despotismo. Y, por consiguiente, la promesa de liberación siempre se posterga hasta convertirse en cualquier tipo de paraíso después de la muerte para que el déspota siga siendo déspota durante toda la vida.


 Pero hay déspotas que quieren ser tiranos. Aquellos que pretenden la inmortalidad, el despotismo perpetuo, la reelección permanente. Aquellos que se creen mesías y demandan la fe en su infalibilidad. Aquellos que exigen el culto a su imagen y la erección de museos en vida porque intuyen que a su muerte no tendrán sino un par de buitres sobrevolando sus deshechos.


 En esto andamos. Nuestro déspota particular ha comenzado a delirar. Y bastantes de sus esclavos lo alientan. Pero otros, bastantes también, le hacen creer que ya ha alcanzado la mítica dimensión de tirano para seguir chupándole la sangre de sus promesas. Sin embargo, esas promesas ya no tienen, o están a punto de no tener, alimento para esos vampiros. Y entonces llegará el momento de la verdad.


 Los ciudadanos seremos testigos, una vez más en nuestra historia, de cómo los vampiros que convirtieron al déspota en tirano le chupan hasta la última gota de su sangre. Y cuando a ninguna promesa de su evangelio momificado le sobre algo de discurso, con la última palabra perdida en el desierto, el déspota recordará que alguna vez fue pueblo. Pero será tarde. Tendrá que perderse arrodillado ante sus propios pies de barro. Sus vampiros lo habrán abandonado y estarán encontrando otro déspota del cual alimentarse. (Porque eso sí, los déspotas no faltan, renacen de las cenizas de la cucaracha de la noche anterior).


 Los ciudadanos, entonces, tendremos otro instante para recuperar la esperanza y reinventarnos como pueblo que no necesita de ningún paraíso. Aunque como tantas veces antes, seguramente no querramos perder la cómoda costumbre de vivir arrodillados. Contemplaremos el aleteo de los buitres alejándose del último cadáver, nos miraremos desamparados, y buscaremos entre nosotros al nuevo déspota. Seguramente será así. Aunque quién sabe. Los milagros suceden. Muy rara vez. Pero suceden.

Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.

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