Nada es lo que parece

Del Ego, su diccionario

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viernes, 04 de mayo de 2018 · 00:07

El servilismo político es la fuente del fanatismo. Y una de las peores patologías políticas. Claro que como en tantas otras devaluaciones de esa conciencia del bien común que es el trabajo público, su clasificación requiere distintas perspectivas y mucha atención a sus efervescencias locales, al uso ‘gastronómico’ de aquellas  palabras con las que cocinamos nuestro propio veneno.


“Los llunkus”. Existen desde siempre.  Un llunku se reduce a su lengua zalamera para halagar al superior inmediato y así obtener alguna dádiva. Sólo eso y nada más que eso. De ahí que su ejercicio fundamental sea el uso de la lengua que lame el ego de quien difícilmente lo adquiere por cuenta propia. Son imprescindibles en un país tan profundamente caudillista como el nuestro para que todas las autoridades –desde las de más bajo rango- sostengan su personalidad adecuadamente lamida.


 “Los amarraguatos”. Existen desde que hubo zapatos. Por tanto, desde que la distinción entre quienes poseen algún rasgo de modernidad y quienes no lo tienen deba ser evidente a ojos de todos.

El amarraguatos se hinca y amarra el guato de su jefe para que éste no se tropiece con la coyuntura.

Nunca se levanta plenamente y agachado ofrece su giba para que su jefe descanse su trajín en ese  tránsito de ascenso en la burocracia nacional.   El amarraguatos confía en que, con ese gesto, algo del zapato lo contagie de modernidad y así pueda comenzar su propia escalada. Porque sin zapatos propios no se puede.


 “Los tirasacos”. Se convirtieron en necesarios desde que fue imprescindible distinguir al “culto” del “inculto”. Porque un “inculto” conoce las sensaciones y las emociones del pueblo por experiencia. La política “culta”, limitada a la tecnocracia, se fue apartando cada vez más de los malos olores populistas para cobijarse en los perfumes del palacio.   Algunos “cultos”, sin embargo, tuvieron la intuición de convocar a los tirasacos para que les enseñen a percibir todos los olores y, así, poder comunicar unos con otros y no equivocarse ostentosamente entre el Estado de derecho y el estado de sus privilegios. 


 “Los lamebotas”. En un país tutelado por la fuerza de pocos y no desarrollado por el derecho de todos, los lamebotas son siempre figuras poderosas. Son el canal que convoca a la fuerza a ejercer toda su presencia. 


 Son, en sus momentos de gloria, lustrabotas: aquellos que dan lustre al uso de la fuerza para que esa luz nos ilumine. Eso, sin embargo, es lo que hacen a los ojos de un pueblo domesticado. Pero cuando la gente se convierte en ciudadanía retornan, entonces, al oficio que les corresponde: lamebotas. 


 “Los coronadores”. Nuestro país tiene aversión a la monarquía. O, por lo menos, eso creímos. Hasta que en su momento políticamente más perverso, Evo Morales se hizo coronar. Hubo que inventar, a la rápida  una nueva especialidad en el oficio del servilismo. Pero con un ritmo notable en la construcción de esa especialidad se crearon inmediatamente tres subespecialidades nuevas. 


 Las tres son: los coronadores propiamente dichos –esos que en Tiwanaku proceden cada 21 de enero-; los “poetas” que desde el Ministerio de Culturas, Educación y Defensa honran al monarca con himnos y poemas, y los museólogos que  construyeron no el museo sino el mausoleo del Apu Mallku.


 “Los traductores”. Nunca fueron necesarios porque la historia política boliviana siempre fue multilingüe. Los discursos elogiaban simultáneamente la epopeya, la tragedia, el drama, la comedia y todos los géneros imaginables de nuestra tradición. Hasta que sucedió un accidente. Un presidente que hablaba a medias varias lenguas nuevas.  Fue entonces que este régimen disléxico necesitó traductores, pero sólo uno pudo con tanta invención del supremo hasta que comenzó, él mismo, a inventar su nueva lengua: capitalismo andino, ecología extractivista, apego abstracto a la norma, el sol se va a esconder.  


 La psicología política considera que sólo puede ser servil una persona con problemas de autoestima, con una trayectoria marcada de abuso, con ignorancia extrema o con algún desajuste de la personalidad. Kant, en Metafísica de la Moral, afirma que ser servil implica una actitud deferente hacia otros, producida por la ignorancia, la incomprensión, o la devaluación del sí mismo, reconociendo en el otro una condición de superior absoluto. La tradición política boliviana  aporta nuevas perspectivas al estudio del servilismo que van más allá de la academia.

Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.

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