Nada es lo que parece

Fuegos artificiales

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viernes, 01 de junio de 2018 · 00:07

Cuando los humanos domesticamos el fuego cambió la vida para siempre. Esa primera tecnología y el uso del lenguaje nos separaron del resto del mundo animal y comenzamos a construir tribus. Pequeños grupos se reunían alrededor del fuego, contaban cuentos, imaginaban otros mundos. La cocina, el calor, la luz y los cuentos nos convirtieron en culturas.

 El año 1967 Guy Debord publica La sociedad del espectáculo, libro en el que, entre otras iluminaciones, afirma que la nuestra es la época de “la declinación de ser en tener, y de tener en simplemente parecer”. El Estado ya no sería únicamente la institución que gestiona el ocultamiento de lo real, sino que, en un grado patológico extremo, oculta lo real y elogia ese ocultamiento. 

Veinte años después, cuando se derrumba el Muro de Berlín, Giorgio Agamben amplía la propuesta de Debord y afirma que el “espectáculo concentrado (las democracias populares del Este) y el espectáculo difuso (las democracias occidentales)” se han revelado como una evidencia trivial. Los muros y los hierros que dividían las dos fuerzas imperiales fueron destrozados en unos cuantos días y esos dos Estados totalitarios modernos hicieron evidente que eran hermanos gemelos en el uso, y en la concepción del poder.

 No pretendo, obviamente, que nuestras máximas autoridades reflexionen a ese nivel imperialista y colonizador. Sería caer muy bajo. Pero sí valdría la pena que aquello que afirman como permanente dogma de fe, eso de que todo lo previo a ellos es “un palacio colonial, frío, excluyente, racista, clasista”, no se degrade apenas a un conjunto de adjetivos triviales para ocultar la realidad de un palacio imperial construido en un país cada vez más pobre y cada vez menos democrático. 

 O eso de que el museo de Orinoca no es el museo de Evo Morales lleno de camisetas de fútbol que le regalaron algunas estrellitas de su espectáculo favorito, no, de ninguna manera, “el museo es un espacio que refleja las luchas indígenas y la lucha de Bolivia”. O eso de que “el Presidente durante toda su vida ha construido una imagen de honestidad”; claro, por supuesto, si es tan honesto con la vida y con su vida que ni siquiera fue al entierro del hijo que reconoció pero “nunca tuvo”. O eso de que “para debatir estoy yo” (afirma el Vicepresidente, escondiendo inmediatamente su lengua mentirosa) porque el supremo tiene asuntos más importantes que resolver, como viajar al Mundial de Fútbol con nuestra plata sin que, supuestamente, nos enteremos.

 Mientras tanto, nosotros, los intelectuales al servicio del imperio, sólo nos dedicamos a ejercer de colonizadores del pensamiento. Si criticamos al palacio imperial es porque somos racistas y no queremos que el primer presidente indígena alcance nuestros “lujos” porque son sólo nuestros. Si criticamos su museo al ego es porque queremos que nos hagan museos a nosotros y que todos los sitios arqueológicos del país sigan degradándose. 

 Si criticamos el derroche en el espectáculo de Odesur resulta que somos “enemigos del deporte” y que le tenemos envidia al primer futbolero del país. Y así, indefinidamente.

 ¿Por qué será, entonces, que nos responden y nos acusan, y nos denigran y nos insultan? ¿Será porque nosotros nos dedicamos al elogio de ese fuego viejo, originario, ancestral; mientras ellos, los auténticos inmortales habitantes de la plaza Murillo, los “cara bonita etiqueta azul” trabajan mañana,  tarde y noche para dotarnos de cada vez más fuegos artificiales? ¿Encima fuegos artificiales que nadie ve porque ya nadie les cree? 

 Sí. El Estado boliviano no es el administrador de la sociedad del espectáculo, el gestor del circo sin pan. Eso le ha quedado chico. Este Estado boliviano es el inventor de los fuegos artificiales. Pero como los chinos nos robaron el invento hace tantísimos siglos, por eso ahora nuestros gloriosos gobernantes les exigen que nos lo devuelvan prestándose la deuda más grande de nuestra historia.

 Son tan inteligentes, tan Fondioc, tan 500 años, que no podemos sino adorarlos con la boca abierta llena de moscas, por los siglos de los siglos.

Guillermo Mariaca Iturri es ensayista.

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