Nada es lo que parece

Nuestro dinosaurio

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viernes, 15 de junio de 2018 · 00:07

Casi todos los dinosaurios se han extinguido. Aquellos que han desaparecido hace 65 millones de años lo hicieron por las consecuencias combinadas de un meteorito y la enorme actividad volcánica paralela. Pero hay todavía una especie de dinosaurio que sobrevive; no se debe a su resiliencia, claro, sino a su ambición.

Todos los dinosaurios contemporáneos comparten el mismo ‘genotipo’ político: la adicción al poder. Como esta adicción es cara, los ciudadanos sometidos a su violencia tienen que pagarla. Si no lo hacen, son sancionados. Si se oponen y esa oposición tiene alguna consecuencia, son castigados.

Las sanciones son las amenazas de siempre: me voy con mi pelota presupuestaria a otra parte. Hay obras sólo para quienes agachan la cabeza. Las sanciones, también, son las presiones y los condicionamientos: más deberes y menos libertades. Cosas como persecuciones impositivas a todo tamaño de empresarios, prohibiciones de publicidad a todos los medios opositores, censuras por todo y por nada. Los castigos, en cambio, están dirigidos a amedrentar con el ejemplo: represión, juicios y cárcel.

Los dinosaurios políticos se desarrollan, sobre todo, en países que tienen una pobre tradición ciudadana. Si algo sabe el mundo hoy es que la pobreza económica es cosa seria, pero que la pobreza política es la que la sostiene. Aunque nos duela, aunque nos humille, aunque nos avergüence, somos un país políticamente pobre. Por eso, tantas veces en nuestra historia republicana hemos estado sometidos o, peor, hemos elegido dinosaurios. Buscamos que alguien nos salve de la pobreza. Y como el dinosaurio suele ser un bicho enorme, creemos que ese volumen es sinónimo de abundancia y que podrá contagiarnos.

Es ese complejo de inferioridad el que aprovecha el dinosaurio. Mírenme, soy enorme. ¿Quieren ser como yo? Elíjanme, sométanse, páguenme. Además, como soy enorme, necesito un palacio enorme, un museo enorme, un estadio enorme, un avión enorme, una quinceañera eterna. Tienen que agradecer el que yo haya aceptado compartir mi sombra con ustedes. Tienen que pagar el derecho a contemplarme. Tienen que reconocer que yo sé y ustedes no. Que yo soy el país y ustedes apenas inquilinos de mi gloria o, si se resisten, suciedad de la suela de mi zapato.

Un dinosaurio político es, entonces, obra nuestra, obra ciudadana. Por eso no está extinguido. Porque nosotros lo revivimos. Porque nosotros le pedimos que nos siga acompañando. Porque tardamos demasiado en mirarlo de cerca. Y saber que no es enorme sino diminuto. Que no es generoso sino mezquino. Que no es indio sino colonizador.

¿Nos habremos dado cuenta que hemos criado un dinosaurio? Chaparina no parece haber sido suficiente. Los 21F tampoco. No fueron suficientes porque el dinosaurio todavía conserva una buena parte de su tamaño. Y para advertirle que Bolivia dijo no, mirarlo democráticamente de frente, demostrarle sus pies de barro, los ciudadanos tenemos que crecer a la altura de la unidad que necesitamos para reinventar un país sin dinosaurios. Como nos recuerda Benedetti: “en la calle, codo a codo, somos mucho más que dos”. Mucho más que un triste dinosaurio extinguido en su museo.

 

Guillermo Mariaca es ensayista.

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