#VerdadesSinFiltro

Otra vez nos vieron la cara de cojudos

jueves, 19 de octubre de 2017 · 00:00
Lo del Banco Unión no es un atraco, como quiere hacernos creer el Vicepresidente. A las cosas por su nombre: se trata de un nuevo caso de corrupción en una entidad manejada por el Gobierno.
Los cumpitas del MAS quieren sacarle el poto a la jeringa pintando el caso como un hecho policial, como si una banda de atracadores hubiera asaltado a mano armada una remesa bancaria, y eso no es así.
 
Estamos nomás frente a otro escándalo de corrupción, esta vez en el lugar más sensible; es decir, en el sistema financiero. La banca, el lugar más sagrado de los exneoliberales y de los actuales capitalistas,  ha sido profanado por empleados del Estado.
 
Tan poco policial y tan político es el asunto, que ha dado lugar a la reaparición pública del exministro de Economía y Finanzas Luis Arce Catacora, que volvió a la palestra, no precisamente para vertir opiniones especializadas, sino para defender a su mujer, que es, ni más ni menos, una gerente del banco en cuestión.
 
El exministro, esposo de una de las ejecutivas del banco estatal, se despachó en su defensa, el disparate de que el desfalco era insignificante (después, como suele ocurrir, dijo que no había dicho lo que dijo).
 
Al respecto, hay que decirle a Súper Luchito que se equivoca, y que, justamente, este nuevo caso de corrupción significa un montón de cosas.
 
Significa primero que cuando de corrupción se trata, los compañeritos no tienen reparos ni le hacen asco a nada; esta vez fue un banco y la próxima puede ser un orfanato. Significa entonces que en el gobierno de la reserva moral del planeta, la corrupción campea como nunca antes.
 
 
Significa también este escándalo que hay distintas varas para controlar a los bancos. Una superestricta y exigente para los privados, y otra bien diferente para el banco estatal. Usted, igual que yo, se está imaginando qué es lo que hubiera pasado si el desfalco hubiera ocurrido en otro banco; seguramente habría sido intervenido de pies a cabeza y habrían caído presos decenas de gerentes, comenzando por la cabeza. En este caso, siguiendo la tradición azul, han caído funcionarios de poca monta, pero ningún alto ejecutivo (de la esposa del exministro, claro, ni hablar).
 
Significa que para un gobierno en el que las corruptelas son de cientos de millones de dólares, un fatito de 37 millones de bolivianos es bien poca cosa. Significa, entonces, que ya sabemos lo que es para Morales la tan famosa microcorrupción.
 
Y significa que, definitivamente, están convencidos de que somos un país de cojudos, dispuestos a tragarnos el cuento del brujo y del hechizo a los ejecutivos del banco. Dicen que el poder emborracha, pero esto ya es mucha dosis, ¿no?
 
Habrá que ver si algún día nos enteramos de lo que realmente pasó en el Banco Unión; no creo que sea muy pronto, considerando que la Fiscalía ha designado a un solo investigador para que se haga cargo del caso.
 
En todo caso, a mí no termina de convencerme el hecho de que ningún mecanismo de control haya saltado en 10 largos meses y, menos aún, que el avezado señor Pari haya creído que nadie nunca lo iba a descubrir.
 
Si era así de fácil la cosa, ¿por qué no pensar que lo mismo ha ocurrido en 50 pueblos similares a Batallas?
 
La verdad es que con lo que sabemos hasta ahora, la historia no me cuadra y, por lo tanto, no me extrañaría que detrás del inverosímil ladrón, que en vez de huir ostenta lo robado en las redes sociales, termine aflorando alguna red de lavado de dinero o alguna caja negra política de platas mal habidas. Cuando se trata de corrupción y del MAS, todo es posible.
 
Ilya Fortún es comunicador social.
 

 


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