# VerdadesSinFiltro

No es lo mismo mandar que gobernar

jueves, 13 de julio de 2017 · 12:00:00 a.m.
Lo hemos dicho una y mil veces: durante diez años Evo Morales tuvo la fortuna de presidir un gobierno al que le sobraban los recursos, provenientes esencialmente de la exportación de recursos naturales. Si ese fue su mérito o no, es tema de otra conversación, pero lo que sí está claro es que le tocó una década de oro inédita en la historia económica del país, en la que no le alcanzaban las horas del día para decidir en qué gastar la plata.

 Tampoco viene al caso de esta columna establecer si la gastó bien o la gastó mal, o si la invirtió adecuadamente en lugar de gastarla; ese es también tema de otra discusión, no menos ingrata y peliaguda

 El tema es que tuvo nomás la suerte de sentarse en la silla a disponer de un fangote de plata y de poder conjugar esa posibilidad con su peculiar estilo, y ritmo de trabajo. 

 En cuanto a la forma, la capacidad de trabajo del Presidente es célebre y casi legendaria; sus colaboradores no pierden oportunidad de referirse a sus interminables jornadas, que comienzan con una sesión particular de ejercicios, a las cuatro de la mañana, y que terminan luego de dieciocho o veinte inagotables horas; todo eso los 365 días del año, sin un solo día de vacación.

 El sujeto trabaja a un ritmo infernal y eso no hay quién pueda negarlo. Yo, sin embargo, tengo mis dudas de que eso sea realmente un mérito de por sí. Lo he dicho también muchas veces: la cantidad y la suma de horas no es para nada garantía de calidad, con el agravante relacionado al concepto básico de que quién sabe trabajar, debe saber también descansar.

 Desconfío profundamente también de aquellos que no hacen otra cosa que trabajar y que no destinan parte de su tiempo a su vida familiar, a sus hijos y a actividades más mundanas y normales; creo que esa es una peligrosa forma de desconectarse de la realidad y un camino asfaltado al fanatismo, y a la obsesión mesiánica. La vida es más compleja que el trabajo y a nadie debe faltarle la dimensión de humanidad, menos aún a una autoridad.

En cuanto al fondo, a estas alturas el estilacho del Presidente no es ninguna novedad para nadie; le gusta mandar, pero no estoy muy seguro de que le guste en realidad gobernar, que es algo muy distinto.

Basta con mirar su agenda diaria o prender el televisor a cualquier hora para entender cuáles son sus prioridades. La larga jornada presidencial discurre esencialmente en viajes, en entregas de obras, en inauguraciones, en mítines, en concentraciones y en reuniones políticas.

El Presidente vive prácticamente en "su avión”, desde donde, seguramente, decide e imparte órdenes a gil y mil, pero dígame usted si recuerda alguna imagen suya despachando asuntos de Estado en su oficina.

Esa fórmula de eterna e ininterrumpida campaña electoral, en la que seguramente delegó la gestión de gobierno quien sabe a quién, ha podido funcionar en apariencia durante el periodo de vacas gordas, pero ahora que la situación económica se ha puesto brava, me temo que será absolutamente insuficiente.

No es lo mismo mandar y disponer cuando la caja está llena, que cuando se debe administrar la escasez para satisfacer expectativas ilimitadas. Ahora las circunstancias demandan un estadista capaz, no solamente de dominar los durísimos problemas que afronta la economía, sino de generar los escenarios para la definición de soluciones creativas.

Para ello hay que sentarse, quemarse las pestañas y asumir la tediosa y poco popular tarea de gobernar. El problema es que no sé si Morales está predispuesto o en condiciones de hacerlo.
 
Hasta el momento, no veo ninguna señal.    

Ilya Fortún es comunicador social.
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