#VerdadesSinFiltro

Siembra vientos y cosecharás tempestades

jueves, 18 de enero de 2018 · 00:07

 Evo Morales y sus capangas nunca imaginaron un fin de año como el que pasaron. Y es que, intoxicados de poder como están, no vieron venir ni una sola y se equivocaron otra vez, horrorosamente, en la lectura del momento y del pulso de la ciudadanía. Eso en política es grave y se paga caro.


 Pensaron los muy giles, los mismos que en algún momento gozaron de buen olfato, que apresurando el fallo del Tribunal Constitucional, a escasos días de la elección judicial, el electorado no tendría tiempo de reaccionar.


 Al parecer viven en un planeta tan lejano, que pensaron incluso que su base dura era el doble de lo que resultó ser y que el voto válido estaría por encima del 50%.


 Como el exceso de poder les ha hecho creer que son unos genios y que todo el resto somos unos pelotudos, han debido pensar una estupidez como la siguiente: le metemos el fallo y cuatro días después la elección judicial, y así matamos dos pájaros de un tiro; total, igual vamos a ganar la elección, así que de esa manera se va a sentir menos el descontento por el golpe que le estamos dando en  la democracia; los descontentos con el fallo y los médicos se van a desinflar con la Navidad y el Año Nuevo; después les damos su circo con el Dakar para que nadie se queje y justo, despuecito viene el Carnaval: listo, asunto resuelto.


Así suelen actuar los gobiernos en estado de descomposición; en una completa desconexión con la realidad y en un delirante concurso del círculo palaciego, para establecer quién es que hace más méritos para no contrariar al jefe y para seguir haciéndole creer que es infalible.


En el epicentro del poder por el poder, ya no se piensa, no se debate ni se discute. Allí solamente se complace al amo lamiéndole las botas, diciéndole lo que quiere escuchar. Describir la realidad o decir lo que se piensa, significa caer en desgracia y ser expulsado del olimpo (no vaya a creer que a la calle, sino a una cómoda embajada en el servicio exterior).


 Pero la realidad es implacable: los médicos no se cansaron, los descontentos se les unieron, las fiestas de fin de año no dieron tregua, el circo del Dakar fue un chasco y no habrá Carnaval que pueda anestesiar ni desmovilizar a la gente de las calles.


 La realidad les está dando una dura lección y parece que recién están entendiendo que los resultados del 3 de diciembre no son joda, que se han convertido en una minoría rural, y que el 70% de las ciudades está hasta el copete de sus abusos, de su incapacidad y de sus corruptelas.


 La sucesión de derrotas electorales, políticas, discursivas, simbólicas y físicas en las calles han cerrado el ciclo hegemónico del MAS y han cambiado radicalmente la correlación de fuerzas, luego de más de 10 años.


 El malestar y la bronca ciudadana contenida se están traduciendo en un estado de convulsión social que nadie imaginaba que pudiera ocurrir hace algunos meses; las cosas van mucho más rápido de lo que los mismos actores pueden manejar y la posibilidad de cálculo político es cada vez más escasa y riesgosa.


 Pero lo que si queda claro es que lo peor está todavía por venir para el Gobierno. Las últimas claudicaciones parciales no han sido suficientes ni han podido convencer a nadie y la presión social que se acumulará, de acá hasta el 21 de febrero, desembocará indefectiblemente en la abrogación total del Código Penal y en la resolución del tema de fondo que nadie ha perdido de vista ni por un instante: el respeto a los resultados del 21F.


Han sembrado vientos y cosecharán tempestades.  

Ilya Fortún es comunicador social.

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