Surazo

Aborteros

jueves, 06 de abril de 2017 · 12:00:00 a.m.
Para evitar el aborto hay que evitar el embarazo. Parece una fórmula sencilla, simplista, y hasta insensible, pero está cargada de verdad.

Los debates que se han armado en torno al tema se ubican a partir del momento en que el embarazo existe. Entonces, la mujer, que es la que debería decidir qué hacer con su cuerpo, se ve ante la disyuntiva de abortar o no.  

La disyuntiva no existiría sin el embarazo y, por tanto, el fondo del asunto debería ser ese.
No se trata de asumir poses moralistas o ser políticamente correcto. Si la educación que se imparte en las escuelas sería la adecuada, los bolivianos deberíamos saber cómo funcionan nuestros cuerpos incluso antes de la pubertad.

Así, al alcanzar la edad para la procreación, mujeres y hombres no sólo deberíamos saber copular, sino también evitar los embarazos. 

Se ha llevado el debate al plano religioso y eso es tan estéril como enfocarlo desde el punto de vista sociológico. 

Desde el punto de vista de la Iglesia católica, el ser humano ha sido dotado de libre albedrío; es decir, puede elegir entre hacer las cosas bien o hacerlas mal.

En la sociología, la libertad tiene diferentes connotaciones, dependiendo incluso de las escuelas, pero, al final, es la posibilidad de elegir entre uno o varios caminos.

Por tanto, el hombre es libre de decidir si tiene sexo o no y, cuando lo hace, debería considerar la posibilidad del embarazo así que tendría que tomar medidas para evitarlo a menos, claro está, de que tenga la intención de procrear.

Por su parte, la mujer también tiene la libertad de decidir si tiene sexo o no, cuándo, con quién y cómo lo hace. Pero, al igual que el hombre, tendría que tomar medidas para evitar el embarazo, a menos que quiera quedar encinta.

Eso es libre albedrío. Aquí no hay discursos sobre virginidades ni castidades, ya que estos no son tiempos para eso.

El problema es que el embarazo no se evita y, cuando sucede, y no es deseado, entonces se piensa en abortar y salen, recién entonces, los discursos sobre la libertad y la libre disposición del cuerpo.

Un detalle sobre el que pocos han hablado es que la legislación boliviana actual considera que la personalidad comienza en el vientre de la madre. El parágrafo segundo del primer artículo del Código Civil dice que "al que está por nacer se lo considera nacido para todo lo que pudiera favorecerle” así que, jurídicamente, ese nonato ya es una persona.   

Por tanto, desde el punto de vista legal, abortar es quitar la vida a una persona y, dependiendo de las circunstancias, eso puede ser homicidio o asesinato. 

En el debate sobre el aborto mucha gente ha dicho que el feto no es persona, ya que carece de personalidad. Esa observación es tan antigua como la sociedad y ha dado lugar a las teorías de la vitalidad y la viabilidad. La ciencia ha resuelto el asunto señalando que las especies se definen por su cantidad de cromosomas. Organismos simples, como los eucariontes, son diploides y pueden llegar a tener hasta 30 millones. 

Plantas como el moral negro tienen 308 cromosomas y la viscacha es el mamífero con la mayor cantidad, 102. El ser humano, y sólo el ser humano, que es haploide, tiene 46 cromosomas. La mitad viene del óvulo y los restantes 23 del espermatozoide. Cuando se juntan, formando un cigoto, éste llega a los 46 cromosomas y, sin considerar si razona o no, se configura biológicamente un ser humano.

Por tanto, el feto es, biológica y legalmente, una persona. Matarlo, con el agravante de que no tiene posibilidad de defenderse, no es sólo libre albedrío, sino crimen, homicidio, asesinato…

Juan José Toro es Premio Nacional en Historia del Periodismo.
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