Desde la acera de enfrente

Poética demolición

miércoles, 05 de octubre de 2016 · 12:00:00 a.m.
Mientras se acomodaba la retroexcavadora, estuve grafiteando apresurada: Revilla cómplice de proxenetismo; jueces, políticos, periodistas, policías y fiscales, todos son prostituyentes; en aymara inglés y castellano, mujer quiere decir dignidad.

Nuestra emoción era tanta, que Paola Barriga me sugiere que nos trepemos al techo del Katanas para darle el empujón de caída a la cabeza hueca. Nohemí primero accedió y luego nos pidió no hacerlo. Ambas, conectadas como estábamos con su corazón, respetamos su pedido. 

Ella prefirió contemplar la caída desde abajo, mientras una lágrima, como perla negra, salada, podía, por fin, salir, marcando el alivio profundo de un dolor que, gracias a un suspiro hondo, sacaba Nohemí. La postura de su cuerpo era impresionante; de pie en la calle, con las piernas separadas, firme, erguida y mirando fijamente. Fue una sola lágrima la que derramó, no me atreví, pero desee mojarme los labios con esa lágrima para descifrar su misteriosa composición de dolor y alegría. 

En ese mismo momento, casualmente, pasó un hombre en su moto y al toparse con la escena le salió un grito desesperado, como si estuviera siendo víctima de un dolor físico agudo. No me dejé interrumpir por el dolor del macho, que no me provocó sino una sonrisa.

¿Nohemí qué significa esto para ti? Sin alegría me dijo: El principio de una nueva vida.

Yo diría: la prueba física de la demolición del patriarcado, el desenmascaramiento del Estado-proxeneta. Yo diría que es la prueba de que sí se puede. Yo diría que es la contundencia del proceso de despatriarcalización que estamos desencadenando las mujeres con nuestras luchas a mano, desde abajo y desde fuera del Estado. La demolición de la materialización arquitectónica de la fantasía de poder faraónica del proxeneta, la demolición de su estética y el derrumbe de su doble moral.

Intenté hablar con los albañiles participantes de la demolición, hombres que no hubieran podido jamás llegar a ser clientes del lugar, y ninguno quiso decir nada; hasta ellos mostraban cierto pesar. Es como si en lo más profundo, y aunque se les estaba pagando el trabajo, lo hacían de mala gana, sospechando que esa demolición era algo más, que era muy simbólica y que tenía también que ver con su propio poder como hombres. El gobierno municipal no se asomó; no se atrevieron a mostrarse institucionalmente. No ofrecieron volquetas, ni maquinaria, nada de nada, se trataba, sin duda, de una ausencia culposa y cómplice.

Nos quedamos allí hasta que anocheció, porque simplemente no podíamos irnos de la escena.
 
Pocas veces nos ocurren estas cosas en la lucha a las mujeres.

 Pocas veces podemos visibilizar la contundencia de nuestra rebeldía, pocas veces podemos materializar nuestra rebeldía en actos que los medios consideren dignos de convertir en noticia.
 
Por lo general, nuestras luchas quedan sumergidas e invisibilizadas y sólo se nos fotografía muertas y ensangrentadas, y no de pie y fortalecidas como estábamos esa tarde. 

Entiendo el escepticismo en el que se refugian los opinadores que quieren consolarse diciendo que no hemos logrado nada. Entiendo la complicidad machista de los que quieren descalificar a Nohemí para seguir encubriendo el proxenetismo institucional. Déjenme decirles que nada nos puede parar y que no sólo las "putas” están de nuestro lado, sino que nosotras hemos comprendido, hace años ya, que todas tenemos cara de puta. 

Aunque no se reconoce huérfana, ya no tiene padre, lo ha terminado de perder. A momentos, en su gesto veo a una niña que le ha mandado una tarjeta de amor a su padre, pidiéndole que cambie de vida. Todavía, mientras el símbolo se demolía, ella me decía: "Mi papá es uno de los seres que más amo”. 

Esta demolición es un gesto de esperanza, porque ni siendo la hija de un proxeneta tu destino está marcado,  sino por tu libertad.

Es un gesto de rebeldía porque en lugar de heredar el imperio y ser cómplice, renuncias a tu herencia para recuperar tu propia vida.

Es un gesto de radicalidad, porque en lugar de aprovechar el lugar decides demolerlo para empezar de cero.

Es un gesto de generosidad, porque lo regalas a la sociedad convirtiéndolo en un triunfo para todas las mujeres.

Podemos, claro que podemos, las mujeres rebeldes podemos acostar al futuro tranquilo y prometerle un mañana distinto. 

María Galindo es miembro de Mujeres Creando.
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