Desde la acera de enfrente

El retorno de las exiliadas

miércoles, 20 de diciembre de 2017 · 00:07

En la cola para embarcar en Madrid hay un ansia que se respira en el ambiente; las pasajeras hacen y deshacen sus maletas frente a malhumorados agentes de vuelo. Es  imposible cargar todos los regalos y es imposible pagar sobrepeso: piden y ruegan, y lo que pretenden embarcar no tiene gran valor; son peluches ingeniosos, ropa usada que llevan en bolsas de grandes marcas, bolsas que han recogido de la basura de sus patronas, cositas para no llegar con las manos vacías. 


 Las esperan en los aeropuertos de Viru Viru, Wilstermann y El Alto con letreritos escritos en hojas de cuaderno que dicen:  mamita bienvenida. 


 Decenas de ojos cristalinos que contienen la lágrima cubren todo el panorama de la puerta. Las abuelas han vestido a los niños y las niñas con lo mejor; las hermanas mayores, que ya ejercen de madres, con ese aire serio de haber dejado de ser jóvenes hace demasiado tiempo, esperan a sus madres con los hermanitos pequeños.


 Son las exiliadas del neoliberalismo las que llegan, después de tres, 10 o cinco años. Me atrevo a interrumpir las emociones para preguntar: ¿regresa definitivamente? La respuesta es siempre un rotundo y seco: No, vengo de visita.


Y ¿por qué? Porque acá no hay trabajo, porque se gana poco, porque mis hijos necesitan estudiar, porque tengo una deuda, porque mi madre está enferma, porque no tenemos casa, porque soy madre sola. Allá, en España, son trabajadoras del hogar, cuidan ancianos, cuidan niños y también campesinas cosechadoras de verduras. 


 Trabajan en lo que encuentran, mas de ocho horas, no cobran horas extras, no gastan en sí mismas, no cuidan su salud, no estudian, viven en los cuartos de empleadas o en alquileres, hacinadas, pagando cama caliente. Soportan una sociedad estructuralmente racista como la española y se alimentan de la esperanza de volver del exilio económico en el que viven.


 Se ríen del Juancito Pinto, que representa algo menos que 30 euros, porque ellas llegan a mandar 300, 400, 500 euros mensuales a sus hijos, a sus madres, a sus familias.  El año pasado las remesas han significado el ingreso al país de más de mil millones de dólares; es el cuarto ingreso más importante del Estado después de hidrocarburos, soya y minería, pero el que más democráticamente se distribuye. 


 Son exiliadas del neoliberalismo y no migrantes, porque no se van sino que son expulsadas de la economía boliviana. Huyen del hambre y la miseria, huyen de la desesperación de no encontrar trabajo, huyen a una vida de explotación, sumisión y obedecimiento, que consideran más llevadera y más digna que quedarse en una Bolivia donde no encuentran soluciones. 


 Las cifras del ministro y del Presidente no son las cifras que manejan estas mujeres que palpan con sus manos una vida entera de crisis que no se resuelve; ellas palpan en sus manos una economía donde no hay espacio para producir. Alguna me contó que intentó regresar y que cuando invirtió todo lo ahorrado para montar un negocio que no le daba para vivir volvió a hacer sus maletas para huir del hambre de nuevo. 


 BOA, cuya rentabilidad en parte se debe también a estas exiliadas, debería darles libre peso por Navidad. Lo digo irónicamente porque resulta que no sólo no hay solución para ellas, sino que de esos más de mil millones de dólares que el Estado ingresa por remesas se cobra el impuesto más alto de la historia de Bolivia. O sea que la banca y el Gobierno les roban en ventanilla, además de todo lo que se les roba en consulados mal atendidos, con tasas carísimas y burocráticas para todo tipo de trámite.
 

María Galindo es miembro de Mujeres Creando.

346
15